José Antonio De La Lavalle y Arias de Saavedra, uno de los más famosos diplomáticos peruanos del siglo XIX, fue Ministro de Relaciones Exteriores entre el 15 de septiembre y el 16 de noviembre de 1883, a fines de la Guerra del Pacífico. Lavalle tuvo una notable actuación en este conflicto internacional desde sus prolegómenos hasta sus postrimerías, como negociador, Ministro ante el Emperador del Brasil, Canciller del Perú y Signatario del Tratado de Ancón.
Primeros años y comienzo de su actividad pública
Lavalle nació en Lima el 22 de marzo de 1833 en el seno de una familia con raíces en la vieja nobleza del Virreinato. Sus padres fueron el General Juan Bautista de Lavalle y Zugasti y doña Narcisa Arias de Saavedra. Estudió en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe, de orientación liberal, bajo la dirección de Sebastián Lorente. Desde su juventud, tuvo una definida vocación por las letras y en particular por la evocación histórica, que armonizó con la actividad pública en el Servicio Diplomático y en el Congreso de la República. Inició su trabajo como Diplomático en calidad de adjunto a las legaciones del Perú en Washington (1851), Roma (1852) y Madrid (1853). Ya con el rango de Segundo Secretario (1854), fue transferido a la Legación en Santiago, en tiempos de la gestión del Ministro Cipriano Coronel Zegarra.
Entre 1860 y 1864 Lavalle fue Diputado por Lima, y al año siguiente dirigió la Sociedad de Beneficencia Pública. En 1873 fue nombrado Ministro Plenipotenciario en Alemania y en 1874 ejerció la representación senatorial por Loreto. En 1875 viajó a San Petersburgo a la Corte Imperial Rusa para ocuparse del arbitraje acordado el 19 de julio de 1873 entre el Perú y el Japón para solucionar una controversia que involucraba a la nave de bandera peruana María Luz, detenida en el puerto de Yokohama y cuyo capitán había sido acusado de maltratar a coolíes chinos. En esa ocasión, Lavalle realizó una extensa y completa presentación ante el árbitro, el emperador de todas las Rusias, pero el resultado fue desfavorable para el Perú. De este año 1875 data también el fallecimiento, en San Petersburgo, de su esposa y sobrina, Mariana Pardo y Lavalle.
De vuelta en su patria, Lavalle se reincorporó al Senado y Presidió su Comisión Diplomática entre 1876 y 1878, como ya lo había hecho en 1874. En una de sus estancias en Europa, hacia comienzos de 1874, Lavalle tuvo ocasión de ver en Inglaterra los dos nuevos blindados cuya construcción había sido ordenada por el Gobierno chileno en 1872, que tanta gravitación tuvieron poco después en el plano estratégico-militar durante la larga y cruenta Guerra del Pacífico, que enfrentó al Perú y Bolivia contra Chile entre 1879 y 1883.
Misión en Chile en 1879
El nombre de Lavalle está asociado a los esfuerzos diplomáticos peruanos llevados a cabo por el Gobierno del Presidente Mariano Ignacio Prado, entre marzo y abril de 1879, para mediar entre Chile y Bolivia y detener la guerra que se avecinaba en el sur. La misión le fue comunicada a Lavalle por el Canciller Peruano Manuel Irigoyen el 19 de febrero de 1879, fecha en que fue acreditado como Ministro Plenipotenciario en Santiago. En los círculos políticos limeños se vivía todavía bajo el impacto de la noticia de la acentuación del conflicto entre el Gobierno boliviano y la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta (de capitales anglo-chilenos), iniciado en 1878 y que había desencadenado la crisis internacional. Ella había tenido su origen en la violación por parte del régimen del Presidente Hilarión Daza del Tratado chileno-boliviano de 1874. Por medio de este se había acordado no aumentar los derechos de exportación de los minerales ni las contribuciones sobre personas, industrias y capitales chilenos por un lapso de veinticinco años. El gobierno boliviano había ignorado este acuerdo al establecer un impuesto de diez centavos por cada quintal de salitre exportado desde Atacama, territorio entonces bajo soberanía formal boliviana, aunque poblado de manera abrumadora por nacionales de Chile. Por el tiempo del nombramiento de Lavalle, comenzaban a llegar a Lima las primeras informaciones sobre la ocupación militar chilena de Antofagasta, del 14 de febrero de 1879, que fue una respuesta de fuerza chilena ante el entrampamiento diplomático.
Lavalle se embarcó en el Callao el 22 de febrero de 1879, Durante el trayecto, atravesando la desolada costa peruana que entonces se extendía hasta un poco más al sur de Iquique, Lavalle tomó por primera vez conocimiento del tratado secreto defensivo peruano-boliviano de 1873, con gran sorpresa de su parte, al abrir uno de los sobres que le habían sido entregados por la cancillería antes de embarcarse. Según refiere en su relato autobiográfico Mi misión en Chile en 1879, Lavalle desconocía este instrumento por diversas razones vinculadas a sus prolongadas ausencias del país debidas a su trabajo diplomático.
Como consecuencia directa de estos desarrollos, Lavalle comenzó a ser presionado en Santiago para que el Perú declarara su neutralidad absoluta. El 24 de marzo de 1879, en el marco de una tensa entrevista, el presidente Pinto llegó a decirle que, según la opinión de ciudadanos “serios y respetables”, se exigía una resolución al Gobierno y que “…con razón o sin ella, los marinos y hombres de guerra de Chile creían el momento propicio para acometer al Perú”. Le añadió que, si por su declaración de neutralidad “…Bolivia le hacía la guerra, contase con la alianza de Chile y con un ejército chileno que se pondría a las órdenes del gobierno del Perú”. Siempre de acuerdo con el testimonio de Lavalle, recién el 26, en el curso de su última entrevista con el Presidente Pinto, este le reveló que había sido informado mediante mensaje telegráfico enviado por Godoy desde Lima que el General Prado le había confesado confidencialmente que el tratado secreto con Bolivia existía, “…y que se me habían dado ya con relación a él las instrucciones necesarias”. A Lavalle no le quedó sino comentar que “…así debía ser, si S.E. el General Prado lo decía, y cuando el señor Godoy así lo informaba».
Lavalle pasó así, bruscamente, de mediador a representante de una de las partes en el problema. Para entonces, el grupo que movía los resortes de la guerra dentro de la oligarquía chilena, y que vislumbraba, de manera muy audaz, extender el escenario del conflicto al territorio salitrero peruano de Tarapacá, ya tenía el control de la situación dentro de Chile. Había impuesto su punto de vista dentro de la élite, en particular con relación a los sectores pacifistas, y manipulaba a las masas por medio de la prensa, infundiendo odio al Perú sobre la base de la difusión claramente propagandística del texto del Tratado secreto peruano-boliviano de 1873.
Ministro ante el emperador del Brasil
Luego de su desesperada e infructuosa misión, Lavalle fue destinado a mediados de 1879 como Ministro Plenipotenciario en Río de Janeiro ante la corte del Emperador Pedro II. Los oficios que Lavalle dirigió a la cancillería peruana desde el Brasil reflejaban su honda frustración por la evidente simpatía que el Emperador tenía, en el marco de la neutralidad de su país, por la causa chilena. A su otro interlocutor, el barón de Cabo Frío, encargado de las relaciones exteriores del Imperio, Lavalle lo describió en un despacho oficial como “…esfinge animada, logogrifo viviente, hipócrita, falso, incapaz de ir nunca por el camino recto, meticuloso, formalista, quisquilloso, hombre que no tiene palabra mala ni obra buena».
Retorno al Perú y deportación a Chile
Lavalle regresó al Perú en 1881 luego de las batallas de San Juan y Miraflores, que abrieron a Chile las puertas de la capital peruana. En la primera de ellas había fallecido en combate, con el rango de capitán, su hijo Hernando, quien lo había acompañado en su misión a Chile en 1879. También fue gravemente herido en la batalla de Miraflores Javier Melecio Casos, quien había sido su secretario en esa misma misión y, posteriormente, en Río de Janeiro, muerto después “…oscuramente en las breñas de los Andes”, como recordó alguna vez con tristeza el mismo Lavalle.
Cabe señalar que, desde fines de agosto de ese año, con gran parte del país ocupado por fuerzas extranjeras, el Gobierno de Montero que entonces tenía su sede en Arequipa fue desconocido desde el norte del Perú por el nuevo Gobierno de Montán (llamado también Regenerador), encabezado en Cajamarca por Miguel Iglesias, quien era partidario de negociar la paz con Chile tomando como base de negociación la cesión del rico territorio salitrero de Tarapacá. De esa manera, comenzó a haber dos gobiernos peruanos paralelos y hostiles entre sí, que controlaban distintas porciones del territorio. A diferencia del régimen de Iglesias, el de Montero era entonces partidario de mantener la resistencia y evitar cualquier arreglo de paz que entrañara la cesión de territorio. Aunque no de manera inmediata, el régimen de Iglesias llegó a ser reconocido como interlocutor, aunque todavía de manera informal, por el régimen del nuevo presidente chileno, Domingo Santa María.
Las conferencias de Chorrillos y la génesis del Tratado de Ancón
En enero de 1883, además de su cuñado Mariano Castro Zaldívar, Miguel Iglesias pensó en Lavalle como negociador para el complejo proceso diplomático que se avecinaba y le escribió a Chile solicitando su concurso. En una célebre carta de respuesta, fechada en Chillán el primero de febrero de ese año, Lavalle aceptó el encargo con las siguientes palabras: Desde que abrigo […] la profunda convicción de que la paz posible es el único medio de salvar lo que aún nos queda de patria, así como la del que la firme, firma quizás su sentencia de muerte material, y, de seguro, la de su muerte política, no puedo vacilar. Me pone Ud. a elegir entre cooperar a la salvación probable del Perú y mi propio sacrificio: Acepto y doy a Ud. las gracias porque me ha creído a la altura de la situación que me impone. Los que, como Ud. y yo hemos dado a la patria la vida y la sangre de nuestros hijos, nada podemos rehusarle ya.
Lavalle fue liberado por el Presidente Santa María con el objeto de colaborar en el proceso de paz que entonces estaba en ciernes. En una carta que el mandatario chileno dirigió con fecha 28 de febrero de 1883 a Jovino Novoa, quien iba a ser el brazo ejecutor del gobierno chileno en el Perú en las previstas negociaciones, el Presidente Santa María expresó sus puntos de vista sobre la tensa situación que se avecinaba. En ella le expresaba de modo claro y terminante que había conversado con Lavalle, antes de su partida, sobre las que él consideraba eran las únicas condiciones aceptables por Chile para negociar la paz: Cesión incondicional de Tarapacá y venta de Tacna y Arica en 9 millones (que pueden ser 10 millones) ….Santa María se mostraba también muy duro con relación al complejo tema de la deuda peruana de antes de la guerra, que había sido contraída contra la garantía de guaneras que pasaron a control de Chile como consecuencia de sus victorias militares.
Lavalle llegó al Callao a comienzos de marzo de 1883, cuando se vivía en Lima una soterrada efervescencia patriótica por la importante presión militar que las fuerzas del General Cáceres (brazo militar del régimen de Montero en el centro) hacían entonces en la sierra próxima a la capital. Aparte del espinoso asunto de la deuda peruana, y si se tiene en cuenta el rotundo punto de vista expresado por Santa María sobre la figura de la venta forzada, Lavalle debió ver especialmente difícil el tratamiento del estatus de las provincias de Tacna y Arica. Cabe observar que, en el seno de las reuniones de los peruanos desterrados en Chile, Lavalle había sido partidario, junto con algunos otros de sus compatriotas, de no aceptar en ningún caso la venta de Tacna y Arica porque, en palabras del historiador Gonzalo Bulnes, “..daba a Chile título perfecto, e impedía toda expectativa de reivindicación en el futuro”. Cabe señalar que en las instrucciones reservadas alcanzadas a los negociadores peruanos Lavalle y Castro Zaldívar, que habían sido preparadas en Cajamarca el 5 de enero de 1883 por el Ministro Lorenzo Iglesias, se decía a la letra: “Como única base aceptada de plano se ofrecerá la cesión del territorio salitrero hasta la línea de Camarones (Provincia Litoral de Tarapacá)”. Y se añadía: “Las demás exigencias del gobierno de Chile son discutibles». Como se verá, Lavalle siguió fielmente, con valentía y patriotismo, esta línea de negociación.
Las Conferencias de Chorrillos tuvieron lugar entre el 27 de marzo y el 3 de mayo de 1883. En la primera de las cuatro conferencias, Lavalle llegó a afirmar que le “horrorizaba» el sacrificio de Tacna y Arica, que involucraba la entrega de poblaciones peruanas “… pues un hombre podría vender su casa o su hacienda, o regalarlas; pero no podía vender ni ceder a sus hermanos». Fue en este momento que Lavalle propuso (con una audacia que le “espantaba”) que las «…provincias de Arica y Tacna quedaran en poder de Chile por diez años, al fin de los cuales se provocará un plebiscito por medio del cual sus habitantes decidirán si quieren volver al Perú, anexarse a Chile o a otra alguna nación”. Pese a la violenta resistencia inicial del negociador chileno Novoa, y de manera inesperada, el presidente Santa María aceptó a comienzos de abril esta fórmula cuando fue consultado a la distancia por telégrafo. Probablemente lo movió a tomar esta decisión el apuro que la Administración chilena tenía para acabar la guerra y la costosa ocupación en un tiempo en que los recursos del Perú ya se estaban agotando. “Chile quiere la paz que nosotros la queremos doblemente», decía por esos días Mariano Castro Zaldívar, en una carta suscrita el 12 de abril de 1883, dirigida a su cuñado el Presidente Miguel Iglesias. Otra motivación de Santa María debió haber sido la presión e inseguridad que originaba, para la causa de los invasores, la porfiada resistencia de Cáceres en la sierra, cuyos éxitos fortalecían al régimen de Montero y mantenían arraigada la voluntad de lucha en una considerable parte de la población peruana. De esta manera, pese a servir a dos regímenes antagónicos, Cáceres y Lavalle apuntaron, paradójicamente, en la misma dirección y salvaron a Tacna y Arica de una fórmula de venta forzada que al comienzo parecía imposible de esquivar. El 10 de mayo de 1883, en Cajamarca, Miguel Iglesias aprobó el primer borrador del futuro tratado de paz. El gobierno chileno se concentró ahora en el objetivo de destruir a las fuerzas de Cáceres.
Ministro de Relaciones Exteriores
Lavalle fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores del Perú el 15 de setiembre de 1883. El 20 de octubre, Lavalle y Castro Zaldívar por el Perú, y Jovino Novoa por Chile, suscribieron en Lima el instrumento conocido como el Tratado de Ancón, redactado a partir de los acuerdos alcanzados en las Conferencias de Chorrillos. Siete de los once artículos del instrumento se referían al guano y al salitre: “…una clara demostración, dice el historiador estadounidense Ronald Bruce St. John, de los temas que se encontraban subyacentes a la Guerra del Pacífico” En cuanto a la situación en el sur, el instrumento era doblemente traumático pues, junto con el territorio, era entregada a Chile, en los hechos, la población nacional de Tarapacá, de antiquísimas raíces históricas asociadas al Perú, a la que se añadían las de Tacna y Arica, cuyos territorios quedaban retenidos por diez años hasta la realización de un plebiscito. Pese a esta terrible situación, no cabe duda de que la puerta jurídica del plebiscito había quedado entreabierta para el Perú. A la postre, en 1929, esta situación permitió la reincorporación a la heredad peruana de una parte del territorio en disputa. Se trató de una esforzada y meritoria labor nacional que duró décadas. Pero no hay que olvidar que su punto de partida fueron los esfuerzos diplomáticos de Lavalle ayudados, en forma indirecta pero concomitante, por la lucha de Cáceres en las breñas andinas.
El 24 de octubre de 1883, Lavalle firmó el nombramiento de Pedro Paz Soldán y Unanue como Oficial Mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores. En un gesto que pudo interpretarse en su momento como una protesta ante las perspectivas de continuación indefinida del régimen de Iglesias luego de la suscripción del Tratado de Ancón, Lavalle renunció a la cartera de Relaciones Exteriores el 16 de noviembre de 1883. Lo reemplazó en el cargo Eugenio Larrabure y Unanue.
Últimos años
Luego del sacrificio político consciente que había representado aparecer como signatario del aborrecido Tratado de Ancón, Lavalle se retiró del mundo de la política y de la Diplomacia. Dice el historiador Alberto Tauro que “… espiritualmente evadió la amargura de aquellos días refugiándose en la evocación del pasado». El 29 de mayo de 1887, al instalarse en Lima la Academia Peruana de la Lengua correspondiente a la española, Lavalle fue elegido como su director. En 1890, la Real Academia de la Historia de Madrid le eligió como su miembro correspondiente. De años posteriores datan sus Galerías de retratos de los gobernadores y virreyes del Perú (1891), de los arzobispos de Lima (1892), y de los gobernantes del Perú independiente hasta 1871 (1893). Escribió asimismo la novela corta La hija del contador (1893) bajo el seudónimo el Licenciado Perpetuo Antañón. Su obra refleja una constante nostalgia de los tiempos del Virreinato. También durante los grises años de la posguerra debieron haber sido realizadas las últimas correcciones a su ya mencionado manuscrito Mi misión en Chile en 1879, fino relato personal sobre los agónicos esfuerzos realizados por Lavalle para intentar evitar la guerra declarada a la postre por Chile contra el Perú y Bolivia. Este notable manuscrito, que pinta de cuerpo entero la talla moral, la inteligencia, la cultura y el patriotismo de Lavalle, fue editado por Félix Denegri Luna en 1979. Lavalle falleció en Lima el 16 de noviembre de 1893.
No te pierdas la oportunidad de obtener una copia y conocer más sobre los personajes históricos que moldearon las relaciones internacionales del Perú.
Comprar