En Arequipa, vio la luz Toribio Pacheco y Rivero el 17 de abril de 1828, cuarto hijo de Toribio Fernando Pacheco y doña Manuela Rivero y Ustariz. Por ambas ramas, la familia no carecía de fortuna inicial, en minería y tierras, pero esta se fue diluyendo poco a poco entre problemas de gestión y proliferación de vástagos (treinta y uno hijos solo para Manuel José de Rivero). La escasez creciente de medios no afectaba, sin embargo, la dignidad y el rango social de los hidalgos arequipeños, prestigiados por personalidades como Mariano Eduardo de Rivero y Ustariz, hermano de la madre de Toribio Pacheco, talento múltiple de los inicios de nuestra República. Científico, posiblemente el más destacado del siglo XIX peruano, político y diplomático, entre otros hechos sobresalientes, en 1822, Rivero, a la sazón en París, fue recomendado por Alexander Von Humboldt a Bolívar para organizar algunas de las instituciones culturales y científicas que requería la joven Colombia.
Fue así el primer Director del Museo de Historia Natural (hoy Museo Nacional) y de la Escuela de Minas de Colombia; replicó el modelo en el Perú en 1826: Fundó el Museo Nacional de Historia Natural, Antigüedades y Cultura del Perú (el actual Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia) y la Escuela de Minas (hoy Universidad Nacional de ingeniería).
Toribio Pacheco seguramente creció escuchando historias sobre la brillante trayectoria de su ilustre tío, y quizás inspirado en él decidió aplicarse especialmente en los estudios. Luego de recibir su instrucción inicial en Arequipa y Puno (donde su padre arrendaba una mina y su tío Francisco de Rivero dirigía el Colegio de Ciencias y Artes), viaja a Lima a seguir su educación secundaria en el Convictorio de San Carlos, dominado por la poderosa efigie de Bartolomé Herrera, quien a todas luces influyó en los aspectos más conservadores de su pensamiento.
Reproduciendo los pasos de su pariente, aunque cambiando la opción científica por la jurídica, en 1847 viaja a Europa. Allí lo acoge, en Francia, su tío Francisco, quien había pasado del colegio de Puno a la Encargaduría de Negocios en París. Se inscribe en la Sorbona en cursos de Economía, Política y Derecho. La revolución de 1848 posiblemente perturba su espíritu ordenado; se matricula al año siguiente en la facultad de Derecho de la Universidad de Bruselas. Al cabo de tres años obtiene allí el grado de doctor en Ciencias Políticas y Administrativas, con una aplaudida y publicada tesis titulada: Disertación sobre los instrumentos que concurren a la formación de la riqueza.
Terminada la experiencia europea, Pacheco, en un Perú en plena euforia del guano, decide instalarse en su tierra natal, Arequipa, donde desarrolla una intensa y multiforme actividad. Entre 1853 y 1854 se gradúa de abogado y es designado como Rector del Colegio de la Independencia; publica el folleto Elementos de estadística o principios elementales de esta ciencia; viaja a Puno para ocuparse de los asuntos de un terrateniente arequipeño y concluye allí su obra Cuestiones Constitucionales. Sobre todo, se inicia en política apoyando al presidente Rufino Echenique contra el levantamiento de Ramón Castilla.
Luego de un breve exilio en Cusco, «deportado» por el Prefecto de Puno bajo el paradójico pretexto de ser partidario de Castilla, Pacheco viaja a la capital para ejercer la dirección de El Heraldo de Lima. Desde ahí sigue defendiendo a Echenique y la criticada consolidación de la deuda interna, por considerar que el presidente representaba el orden y la dinamización de la economía, frente a la “asonada” castillista.
La batalla de La Palma, el 5 de enero de 1855, sella la suerte de Echenique. El Heraldo de Lima fue clausurado dos veces y Pacheco, deportado a Tacna. Pero apenas un año después de la victoria de Castilla se rebela Manuel Ignacio de Vivanco, instala su Gobierno en Arequipa y designa a Toribio Pacheco como Oficial Mayor del Ministerio General. El jurisconsulto vuelve también a las andadas periodísticas publicando el vocero oficial vivanquista El regenerador.
La armonía entre Vivanco y Pacheco no duraría mucho. La rebelión tampoco. El 7 de marzo de 1858, Vivanco fue definitivamente derrotado, y ambos hombres buscarían refugio en Chile.
Pero el inquieto Pacheco se aburre en su ciudad natal. Abre entonces un estudio de abogados en Lima, junto con José Ciriaco Hurtado, en la calle de Polvos Azules. Sobre todo, concluye el primer tomo de la que sería una de sus obras más importantes, el Tratado de Derecho Civil. A duras penas, por la oposición gubernamental, consigue editarlo ese año 1860. Se sucederían dos tomos más, en 1862 y 1864. Mientras tanto, su incesante actividad profesional, intelectual y política continuaba en esos años. Fue incorporado al Colegio de Abogados de Lima en 1861, recibiendo el encargo de elaborar un repertorio jurídico que compilara la jurisprudencia de los tribunales.
Con otros distinguidos juristas colaboró en la creación de La Gaceta Judicial Diario de los Tribunales, que dirigió ocasionalmente. Uniéndose a intelectuales de la talla de José Casimiro Ulloa, Francisco García Calderón, Manuel Nicolás Corpancho, Carlos Augusto Salaverry y Ricardo Palma, entre otros, participó en la fundación de La Revista de Lima. Un artículo suyo publicado en dicho órgano quincenal le ameritó un juicio penal, por oponerse una vez más a Castilla al sostener que el Gobierno colaboraba con el exiliado expresidente boliviano Manuel Isidoro Belzú en sus proyectos de recuperar el poder.
En 1864 marca su primer ingreso a la Cancillería, en un momento crucial. La crisis provocada por la ocupación española de las islas guaneras de Chincha, y la negativa percepción de la opinión pública sobre la conducta del Gobierno de Juan Antonio Pezet en la materia, obligaron al presidente a designar un gabinete de consenso, apoyado por el Congreso y denominado “plebiscitario», con el puneño José María Costas presidiendo el Consejo Ministerial y el arequipeño Toribio Pacheco como Ministro de Relaciones Exteriores.
Poco tiempo duró la experiencia, del 11 de agosto al 14 de octubre de 1864, ante las irreconciliables diferencias de opinión entre el gabinete y el Jefe de Estado, pero aquellos dos meses bastaron para que Pacheco dejara notable impronta con la expedición de dos comunicaciones diplomáticas muy importantes, dirigidas respectivamente a los plenipotenciarios del Perú acreditados en países sudamericanos y a los representantes extranjeros residentes en el Perú.
Su homólogo y rival español llevaba el mismo apellido: José Francisco Pacheco y Gutiérrez Calderón. No era la única coincidencia: De paso igualmente fugaz en su Ministerio de Asuntos Exteriores, donde se sucedieron cuatro titulares en ese año 1864, el Pacheco español era también jurisconsulto y periodista, a más de autor de poemas y dramas. De ahí que Manuel Atanasio Fuentes dijera en El Murciélago:
“Pacheco el criminalista el de la musa melosa tendrá que medirse en prosa con Pacheco el civilista».
Pasado a la oposición y fustigando al Gobierno desde el diario El Comercio, Pacheco debe afrontar un nuevo exilio en Chile. Allá, mientras recibe honores de la sociedad y de la academia santiaguina, sigue la situación nacional: La suscripción del lesivo Tratado Vivanco-Pareja, la justa reacción de la opinión pública y el levantamiento de Mariano Ignacio Prado, Prefecto de Arequipa; Pacheco se une entonces a los rebeldes en Pisco, y puede ser testigo de la partida de Pezet y el ingreso de Prado a Lima y al poder en noviembre de 1865.
El nuevo líder constituye entonces un Consejo de Ministros que ha pasado a la historia como el gabinete de los talentos, presidido por José Gálvez, quien asumía también la Secretaría de Guerra, e integrado por Manuel Pardo en Hacienda, José Simeón Tejada en Justicia, José María Químper en el gobierno y Toribio Pacheco en Relaciones Exteriores.
Pacheco es el autor de un famoso Manifiesto difundido a inicios de 1866. Algunos de los elementos principales de ese documento, ejemplarizadores de su concepción de la política exterior peruana y plenamente coherentes con lo que fue la conducta internacional del Perú en aquellos años de consolidación de la joven República y su proyección continental son:
– Rechazo a la toma de las islas de Chincha, por ofender al Derecho Internacional y a la independencia de las jóvenes repúblicas americanas: “No sólo el Perú, sino la América todas fueron heridas en su honra, en su dignidad y en sus derechos.
Invocando el principio de reivindicación, ¿qué podían aguardar las repúblicas americanas, sino la renovación del coloniaje, que sobre ellas había pesado durante trescientos años? consumados los sucesos de Chincha de un modo tan violento y exabrupto, ¿qué garantías tendría la América de que en adelante se respetarían en ella los principios tutelares del derecho y de la justicia? El cuerpo diplomático residente en Lima se apresuró, con razón, a declarar solemnemente, que no aceptaba el derecho de reivindicación invocado para la ocupación de las islas, y que deploraba sinceramente que el comisario (Mazarredo) y el comandante de la escuadra (Pinzón) no hubiesen ajustado sus procedimientos a lo que prescribía el Derecho Internacional.
– Argumentos constitucionales sobre la nulidad del Tratado Vivanco-Pareja: “Para la Nación Peruana; aun subsistiendo el gobierno del ex General Pezet, no podía tener ese carácter (de pacto perfecto), desde que le faltaba la aprobación del único poder público que entonces podía darla, no habiendo aprobación por parte del Congreso, la ratificación hecha por el gobierno el 2 de febrero fue indebida, no tiene valor legal y la nación no puede ni reconocerla ni respetarla».
– La solidaridad americana percibida como un interés nacional: “La nación peruana es consecuente con sus propósitos y convicciones. Derribó al gobierno que se había interpuesto entre ella y la de España; hoy se halla frente a frente de la última, para reivindicar su honra, al propio tiempo que cumple, como asociación americana, con el sagrado e imperioso deber de ayudar a un pueblo hermano, víctima de desmanes y atentados semejantes a los que ella sufriera. Ante tan grandioso espectáculo y en presencia de una situación creada por la más escandalosa arbitrariedad y por el más inaudito abuso de la fuerza, no habrá un solo peruano, el gobierno está convencido de ello, que no sienta arder en su pecho la vivificadora llama del patriotismo y que no esté dispuesto a sacrificarlo todo en defensa de una causa, cuya justicia tiene ya por testimonio irrefragable la protección palpable que hasta ahora le va dispensando la Providencia».
Obra de Pacheco, fue también una circular a los agentes diplomáticos de la República, editada en español y francés, fechada el 21 de abril, pero difundida poco después del combate del Dos de Mayo, en ella regresa sobre los argumentos del Manifiesto e insiste en la vocación americanista del Perú:
“Aún si el Perú no hubiera debido solicitar la reparación de insultos graves ni lavar las afrentas hechas a su honor, habría estado siempre al lado de Chile, porque su deber exigía, y porque sabía muy bien que defendiendo la causa de Chile defendía la suya propia. Esto quiere decir que, incluso en el caso de que el Tratado del 27 de enero hubiera sido legal y debidamente ratificado, la Nación y el Gobierno no habrían dudado en romperlo, porque antes de pensar en cumplir compromisos acordados con España por un gobierno desleal, bajo presión de la fuerza y recibiendo el precio de su deshonor, el Perú debía sobretodo preocuparse del cumplimiento de sus deberes como República Americana, y porque el gobierno español se había puesto fuera de la ley y pisoteado todos los principios de derecho y justicia en sus agresiones inicuas y reiteradas contra América”.
La guerra con España ocupa naturalmente lo central de las preocupaciones y labores del canciller peruano, y en ese contexto concierta las alianzas con Chile, Ecuador y Bolivia. En un ámbito multilateral más amplio sobre el tema, preside en Lima una Conferencia Internacional Americana con el objetivo de promover la solución pacífica del conflicto.
Pero la gestión de Toribio Pacheco también abarca otros ámbitos de decidida acción internacional, siempre con vocación americanista y de defensa de los principios de Derecho Internacional para garantizar la convivencia pacífica. Es paradigmático, en tal sentido, su comportamiento en la guerra que enfrentó a Uruguay, Argentina y Brasil contra Paraguay. La Triple Alianza es contestada por los países andinos con litoral sobre el Pacífico Perú, Chile, Bolivia y Ecuador, aliados todavía contra España, cuya conducta, así como la de Francia en México, equiparan con la de Brasil. El pronunciamiento de solidaridad con el Paraguay es dirigido por Toribio Pacheco, a nombre de sus aliados, a los gobiernos de la Triple Alianza, y es publicado en El Peruano el 9 de julio de 1866. Toribio Pacheco afirma allí sin ambages que la de Paraguay “…es una guerra pura y simplemente de intervención, ante la cual las demás naciones no pueden permanecer como meras espectadoras».
Pacheco acudió también en auxilio del Ecuador, amenazado por el Presidente de los Estados Unidos con la utilización de la fuerza para conseguir el pago de una deuda. El Canciller convenció al Gobierno del Perú para que garantizara el cumplimiento de la obligación.
En su paso por la Cancillería, Pacheco tuvo también ocasión de defender un punto de vista contrario al asilo diplomático, a partir del caso de ex ministros de Pezet asilados en la legación francesa. El 15 de enero de1867 citó al cuerpo diplomático acreditado en Lima para exponerles un memorándum en el cual, luego de analizar diversos aspectos de esta figura del Derecho Internacional Público, declara que el Gobierno del Perú no reconocerá en adelante el asilo diplomático tal como fue practicado en el país, sino únicamente dentro de los límites que le asigna el Derecho de Gentes. Al mismo tiempo, en coherencia con esta posición, señala que el Perú renuncia a este privilegio para sus propias legaciones en América del Sur, ya que lo niega a las legaciones extranjeras en el Perú. Carlos Ramos estima que “Pacheco procuraba con esa medida extrema poner freno a la práctica abusiva de acogerse al asilo político inclusive en los casos que mediaba responsabilidad penal».
El destino no quiso que la República Peruana aprovechara los dotes del jurista arequipeño por mucho tiempo más. El 15 de mayo de 1868, don Toribio Pacheco y Rivero, a la sazón fiscal de la Nación, falleció de fiebre amarilla, tenía cuarenta años de edad y ninguna fortuna; su amigo Manuel Pardo tuvo que impulsar una suscripción nacional para aliviar la situación de las tres huérfanas que dejaba Pacheco, habiendo fallecido su esposa antes.
Toribio Pacheco y Rivero es, por todos estos motivos, uno de los Cancilleres que han asentado la legitimidad de Torre Tagle como primera institución de la República.
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