Cancilleres del Perú

David Aguilar Cornejo

David Aguilar Cornejo, nació el 29 de enero de 1902 en una modesta casa de la Calle Adolfo King en el Puerto del Callao. Años tempranos de la República Aristocrática, nace en un momento en el cual se inicia el dominio civilista de la política peruana con la elección de Eduardo López de Romaña. Este dominio por parte de la oligarquía se vería interrumpido en pocas ocasiones hasta 1968. Años después, el mismo David Aguilar Cornejo, bajo el liderazgo de su cercano amigo y Presidente, el General Manuel A. Odría, defenderá acérrimamente la posición de estos intereses dominantes.

 

Dicha posición no estaba predeterminada. Aguilar Cornejo nace siendo parte de una creciente clase media que emerge durante estos años, y muchos de sus miembros no necesariamente apoyaron a la oligarquía en el futuro. Poco es sabido sobre su familia, excepto que sus padres, David Aguilar y Juana Cornejo Iriarte, provenían de “antiguas familias entroncadas con Trujillo y Arequipa». Era una familia numerosa, siendo el mayor de siete hermanos, cuatro hombres y tres mujeres.

 

A mediados de la década de 1910, la familia retornaría a Lima y David Aguilar Cornejo terminó sus estudios en el prestigioso Colegio Nuestra Señora de Guadalupe. Este había sido fundado a mediados del siglo XIX, y por sus corredores habían pasado múltiples personajes de la historia peruana: Desde héroes de la Guerra del Pacífico a presidentes de la república, tales como Manuel Pardo y Lavalle y Manuel Candamo Iriarte. También estudiarían en sus aulas el poeta Abraham Valdelomar y el Historiador Jorge Basadre. A pesar de ser visto como un colegio de élite, había mecanismos de meritocracia para que alumnos que proviniesen de familias no tan pudientes pudiesen estudiar en la institución, lo cual, posiblemente, permitió el ingreso de Aguilar Cornejo.

 

David Aguilar Cornejo ingresaría a la Universidad de San Marcos, donde se especializó en Derecho Penal. Décadas después, en una entrevista, recordó que sus años universitarios fueron duros debido a la falta de recursos económicos. A diferencia de muchos miembros de la clase alta que cursaban en San Marcos, pagó sus propios estudios trabajando como Juez de Paz en el Callao. Aun así, recordaba, apenas le sobraba para vivir. Debido a que no tenía dinero para la movilidad, todos los días caminaba el largo de la “arbolada y solitaria” avenida Arequipa desde Miraflores al centro de Lima. Esta experiencia lo marcó de por vida y decidió que, una vez profesional, ayudaría a aquellos incluso menos afortunados que él. Finalmente se graduaría en el año 1928 como abogado con la tesis La dispersión de la justicia en el Perú. Durante estos años también contrajo matrimonio con Olga del Solar, con quien tendría una hija, María Isabel Patricia.

 

Poco después de su graduación empezó su actividad política. En las elecciones de 1931, comicios caracterizados por la polarización política entre el aprismo y el sánchezcerrismo, Aguilar Cornejo rechazó a ambos y otorgó su apoyo al candidato de Acción Republicana, José María De La Jara y Ureta. La Acción Republicana fue, en una primera instancia, una agrupación que buscaba representar al liberalismo en un momento en el cual los dos extremos criticaban dicho camino. En la práctica, sin embargo, dentro del partido había diferentes tendencias políticas y posiciones económicas. Muchas de las figuras más moderadas, como Jorge Basadre, abandonaron el partido antes de las elecciones y la Acción Republicana terminó representando viejos intereses civilistas, aunque todavía postulando una posición democrática. Esta sería la única vez que Aguilar Cornejo demostró cierta simpatía por un partido moderado, y en los siguientes comicios optó por agrupaciones más radicales. Si la contundente derrota del mismo de la Jara y Ureta aportó a esto es difícil de determinar.

 

Tras la victoria de Sánchez Cerro, se inició una virtual guerra civil entre este y el APRA, la cual culminó con la Revolución de Trujillo en 1932. Poco después, el mismo Sánchez Cerro es asesinado y su agrupación, la Unión Revolucionaria, opta abiertamente por emular al fascismo europeo bajo el liderazgo de Luis A. Flores. Es a esta agrupación a la cual David Aguilar Cornejo se unió durante estos años. En las elecciones de 1939 (las de 1936 fueron anuladas por el General Benavides), la Unión Revolucionaria apoyó a José Quesada Larrea, y Aguilar Cornejo fue nombrado como personero de dicha candidatura frente al Jurado Nacional de Elecciones. Quesada Larrea, de claro corte conservador, postuló bajo la bandera del reaccionario Frente Patriótico.

 

Dichas elecciones tuvieron una fuerte carga simbólica. A pocos meses del inicio de la segunda guerra mundial, los comicios fueron vistos como una lucha entre el fascismo y la democracia, lucha que no solo estaba ocurriendo a escala globa1, sino también en el Perú. Los sectores más reaccionarios de la oligarquía peruana, buscando proteger sus intereses económicos, apoyaron a Quesada Larrea. Sin embargo, ellos habían cometido un grave error, pues iba contra los deseos de la población o, en todo caso, de aquellos peruanos que tenían el derecho a ejercer el voto tomando en cuenta las restrictivas leyes electorales de aquel entonces. Quesada Larrea perdió las elecciones, mientras que Manuel Prado y Ugarteche, candidato de la Concertación Nacional -frente antifascista que agrupaba a diversos partidos políticos-, obtuvo más del 70% de los votos.

 

La victoria de Bustamante y Rivero, sin embargo, representó para Aguilar Cornejo más una oportunidad que un fracaso, debido a que el presidente reformista perdió el control de su principal aliado, el APRA. Estos últimos, quienes se consideraban los responsables de la victoria de Bustamante, decidieron aplicar su programa desde el Congreso, donde tenían una amplia mayoría, dejando en ridículo al Ejecutivo. La situación se volvió más compleja debido a que el APRA estaba atravesando por una decisión entre aquellos apristas que deseaban llegar al poder por la vía democrática y quienes no deseaban abandonar el camino revolucionario. Perdiendo el control de esta última facción, Haya de la Torre no pudo evitar que el 3 de octubre elementos apristas intentaran llevar a cabo una rebelión en el Puerto del Callao. La rebelión es rápidamente aplastada, pero los días de Bustamante y Rivero estaban contados.

 

Para este entonces, la Unión Revolucionaria ya había expresado su apoyo al golpe que había acabado con cualquier esperanza reformista. David Aguilar Cornejo, como figura clave de la UR, tuvo la posibilidad de convertirse en una figura importante en el nuevo régimen. Una de sus primeras responsabilidades fue conducir la investigación del asesinato de Francisco Graña Garland, editor de La Prensa, quien había sido asesinado en 1947, supuestamente por apristas. La investigación ya había comenzado bajo Bustamante, pero la posición política del APRA en aquel entonces le permitió tener cierta influencia sobre los procedimientos. Ahora, dicha influencia había desaparecido, y el juicio fue usado para perseguir a los miembros del partido del pueblo.

 

Tiempo después, Víctor Villanueva escribió en su libro El APRA y el Ejército sobre el papel que Aguilar jugó en dicho juicio. Según Villanueva, Aguilar (abogado de la parte civil) era realmente quien manejaba el proceso (“actuó casi como fiscal”) y buscaba usarlo como una herramienta para condenar moralmente al partido. La versión de Villanueva proviene de una conversación que tuvo con Aguilar Cornejo en el café Haití algún tiempo después de los acontecimientos. Villanueva había escrito un artículo en un semanario local que exponía algunas teorías sobre el asesinato de Graña, muchas de las cuales contradecían lo argumentado por el régimen de Odría. Tras leerlo, Aguilar le comentó que la visión expuesta en el artículo era “… la que más se aproximaba a la realidad, la más lógica, la que mejor explicaba los acontecimientos» naturalmente, Villanueva se vio sorprendido, puesto que dicha visión era contraria a lo que había dicho Aguilar durante el juicio. Supuestamente, Aguilar le respondió lo siguiente: “Qué quiere usted! Si el proceso se hubiera ceñido a las normas jurídicas, habría demorado por lo menos diez años en esclarecerse, y no se trataba de descubrir al asesino. Este fue un juicio político. Había que demostrar que fue el Partido Aprista el autor moral del crimen. Yo tuve que proceder como quien entra en la selva, rozando la maleza en busca de un aprista, echando abajo todos los obstáculos que lo impidieran.

 

El General Odría obtuvo más del 80% de los votos en las elecciones. Pero este resultado no se debió del todo a las habilidades de Aguilar Cornejo, sino más bien a la Ley de Seguridad Interior, la cual había suspendido todas las garantías constitucionales y fue usada para perseguir a los opositores del régimen. El hecho de que Odría se presentó como candidato único también le debe haber facilitado considerablemente el trabajo a su asesor político.

 

El primer obstáculo que tendría que enfrentar era la controversia creada por las 200 millas. En 1947, el gobierno de Bustamante había emitido un decreto supremo por el cual el Perú pretendía ejercer soberanía y jurisdicción sobre los mares adjuntos a la costa peruana hasta una distancia de 200 millas. El Perú, al igual que otros países latinoamericanos, se vio obligado a pasar dicho decreto debido a un vacío legal existente. Al no haber ningún organismo que regulara la preservación marina de sus costas, los mismos países tendrían que hacerlo. Estados Unidos y Gran Bretaña, países a los que más afectaba la nueva ley, mostraron sus reservas.

 

La buena relación entre los Estados Unidos y el régimen de Odría no impidió que el gobierno peruano se uniera a Ecuador y a Chile en 1952 y proclamaran que ejercerían la soberanía y jurisdicción “exclusivas» de las 200 millas, en un acto mejor conocido como la Declaración de Santiago. Esto, en gran parte, se debió a que la industria pesquera se estaba volviendo cada vez más importante para el Perú, y el Gobierno sentía que tenía que proteger los recursos marítimos. A pesar de una mayor presión americana para que el Perú cambiara su política, tratando de dividir a los tres países que habían firmado la declaración de Santiago, Chile, Ecuador y Perú, declararon en 1954 que ninguno de los tres países renunciaría o modificaría su posición sin previa consulta a los otros, y también declararon ejercer su soberanía por “cualquier medio necesario».

 

Aguilar Cornejo fue informado de que la flota, que viajaba bajo bandera panameña, zarpó de Hamburgo a fines de año sin haber obtenido las licencias de caza y pesca en la zona marítima peruana. Al entrar a ella, las embarcaciones fueron apresadas por la marina peruana y llevadas al puerto de Paita, donde estuvieron ancladas hasta que la compañía pagara la multa. Al haber tomado dicha acción, el gobierno peruano demostraba su voluntad de ejercer su soberanía sobre dicha zona.

 

Ciertamente, el Canciller estaba al tanto de que debía actuar con cautela. Esto se debía al poder de los Estados Unidos y al hecho de que ambos países tenían visiones diferentes sobre los derechos marítimos. Los norteamericanos no reconocían el derecho de las 200 millas, sino sólo de tres. Esto fue claramente manifestado en un mensaje por parte de la embajada norteamericana, la cual también expresó que “… la aplicación de la ley no debe ser llevada a cabo hasta que todo esfuerzo sea llevado a cabo para resolver el tema, preferentemente por una solución mutuamente satisfactoria”. Sin embargo, Aguilar Cornejo respondió con firmeza, diciendo que consideraba el caso de los barcos pesqueros como cerrado, puesto que los capitanes ya habían pagado la multa y que antes de cualquier negociación se debía acordar una posición común, puesto que el “Perú consideraba el límite de las tres millas obsoleto y no podía consentir limitar su soberanía a esa área debido a la importancia de la industria pesquera para la economía del Perú.” No ocurriría ningún otro incidente, expresó Aguilar Cornejo, si barcos americanos ingresaban a la zona marítima sin pescar, pues el Perú reconocía el derecho a la libre navegación. Sin embargo, si deseaban pescar, sí necesitarían un permiso.

 

La solidaridad de los tres países se mantuvo sorprendentemente sólida durante los siguientes años, consultando entre sí en cuanto a cualquier posible acción. En abril de 1955, Ecuador buscaba que los tres países tomaran una posición común sobre la posibilidad de llevar el asunto de la Zona Marítima a la Corte Internacional de la Haya. Sin embargo, Aguilar Cornejo asumió correctamente que dicha acción sería dañina para los intereses de los tres países, puesto que en dicho foro “… la nacionalidad de muchos de los jueces […] no facilitaría la aplicación de nuestra condición jurídica” Por otro lado, cuando Estados Unidos trató de separar a los tres países, como en el caso de Ecuador cuando se le ofreció un convenio de pesca en 1955, el gobierno ecuatoriano le informó a David Aguilar Cornejo que no aceptaría ninguna decisión unilateral sin contar con el apoyo de Perú y Chile.

 

Si bien Perú y Ecuador trabajaron cercanamente con respecto al tema de las 200 millas, las relaciones entre ambos países se mantuvieron tensas en relación a las dificultades de la aplicación del Protocolo de Río. En 1954 hubo choques en la frontera, alrededor del área del Putumayo. En aquel entonces, el canciller Ricardo Rivera Schreiber temía que los ecuatorianos fuesen a invadir territorio peruano, informando a su embajador en Estados Unidos, Fernando Berckemeyer, que “… todo el Ecuador se moviliza militarmente […]desde los escolares a los sindicatos obreros […] el clero interviene con arengas patrióticas incitando la guerra con el Perú”. Un año después, Aguilar Cornejo, siendo ya canciller, se enteró de que los temores provenían del otro lado de la frontera, pues los ecuatorianos le informaron a los Estados Unidos, como país garante del protocolo, que el Perú era quien se estaba preparando para invadir. El embajador ecuatoriano en Washington, José Chiriboga, le comentó a ciertos miembros del Departamento de Estado que “… los ecuatorianos estaban rodeados por miles de tropas peruanas y que esperaban que Quito fuese tomado por los peruanos» Ante esta acusación, David Aguilar Cornejo tuvo que informar a los americanos que “… no había ninguna concentración de tropas peruanas, que los barcos peruanos estaban en el puerto del Callao y que e1 Perú no tenía intención alguna de atacar a Ecuador, pero que todo esto había sido un escándalo creado por el Ecuador”. A pesar de que no llegó a haber un conflicto armado entre ambos países durante estos años, Aguilar Cornejo tuvo constantemente que asegurarles a los garantes que los rumores iniciados por los ecuatorianos no tenían fundamento.

 

Cuando Aguilar Cornejo abandonó su puesto como Canciller, ya era una de las figuras más conocidas del régimen. Esto no sólo se debió a sus actos como Ministro, sino porque al mismo tiempo que ejercía sus funciones en la Cancillería, también había actuado como Director del Diario La Nación. Pero el régimen ya mostraba claras señales de desgaste y se estaba buscando una estrategia de salida. En algún momento, Aguilar Cornejo pareció ser una pieza clave en este juego. El conocido periodista Amadeo Grados Penalillo, quien lo entrevistó en la década de los sesenta, decía lo siguiente:

 

David Aguilar Cornejo fue no sólo Ministro de Relaciones Exteriores, fue algo más que eso; en el último tercio del régimen de Odría fue uno de los hombres de más profunda y decisiva influencia. A tal punto que, en las antesalas de Palacio, en las salitas de Vargas Machuca o en las habitaciones de Monterrico, su nombre circulaba, casi como hecho fehaciente, como el sucesor de Odría. Esta versión ganó la calle y una de las alas del partido restaurador jugaba a David Aguilar como candidato presidencial.

 

Durante estos años se mantuvo en contacto con el General, quien se encontraba en un exilio voluntario en Madrid. En las diferentes cartas enviadas a Odría, Aguilar Cornejo le recomendaba que la atmósfera política en el Perú aún no era propicia para su regreso. En las mismas cartas ventiló su desagrado por el diario La Prensa, aliado de Prado (“Beltrán y los intelectualoides”). Quizás buscando alegrar a Odría, hablaba del descontento del pueblo desde su salida. Finalmente, a comienzos de los sesenta le informó a Odría que era necesario reactivar el partido, el cual ahora se llamaría la Unión Nacional Odriísta (UNO). David Aguilar nunca había perdido esta esperanza. En 1956 le recordaba al General: “El partido no debe morir, por insignificante que parezca es un instrumento de acción.»

 

La Unión Nacional Odriísta (UNO) se presentaría a las elecciones de 1962 con Odría como candidato. En los mismos comicios también participarían Haya de la Torre y Fernando Belaunde. El líder aprista salió victorioso, pero no alcanzó el porcentaje suficiente para ser declarado presidente directamente (la Constitución de 1932 estipulaba que se debía obtener un tercio de los votos). El ganador tendría que ser elegido por el Congreso. El único acuerdo posible parecía ser entre Odría y el APRA. Debido a las malas relaciones entre este último partido y las Fuerzas Armadas, se decide que Odría acepte la presidencia. Las Fuerzas Armadas, que no podían tolerar dicho arreglo, llevan a cabo un golpe de Estado. La “dictablanda” que siguió, liderada primero por el general Ricardo Pérez Godoy y luego por el general Nicolás Lindley López, duró un año.

 

David Aguilar Cornejo también participó como candidato de la UNO y fue elegido al Senado, pero sólo logró incorporarse en 1963 cuando se produce el retorno a la democracia. Cuando se llevan a cabo los comicios presidenciales, el candidato victorioso fue Fernando Belaunde Terry. Aguilar Cornejo fue entonces parte de la ya famosa “coalición” integrada por el APRA y la UNO. Tras negociaciones con el APRA, llegó a ser presidente del Senado en 1965-1966 y en 1967-1968.

 

La coalición APRA-UNO fue conocida por bloquear todos los intentos reformistas de Belaunde. Cuando se le preguntó a Aguilar Cornejo sobre la veracidad de que el Parlamento era obstruccionista, respondió: “… nunca en la historia del Perú, existió un Parlamento como el actual, que, prescindiendo de todo interés de grupo, trabaja en provecho del país. Este Parlamento, que algunos atacan, ha dictado y seguirá dictando leyes sanas y justas, para lograr e progreso de la República. Leyes como la de instrucción gratuita, la de cooperativas, el escalafón magisterial y la reforma agraria, significan un positivo aporte al engrandecimiento nacional. Sin embargo, muchas leyes, y en especial la de la reforma agraria, fueron tan diluidas en el Parlamento que no llegaron a tener impacto alguno. Si Aguilar Cornejo fue sincero o no sobre su visión del Parlamento, al parecer las Fuerzas Armadas no compartieron dicha opinión y en 1968, lideradas por el General Juan Velasco Alvarado, llevaron a cabo un golpe de estado, argumentando que el actual gobierno democrático no podía llevar a cabo las reformas necesarias para defender al país.

 

Durante los años de la dictadura, Aguilar Cornejo no jugó papel significativo alguno. Los únicos políticos que participaron en el Gobierno de Velasco eran progresistas, lo cual Aguilar Cornejo no podía pretender ser. En 1982, dos años después del regreso a la democracia, fallece el antiguo Canciller. En 1967, el periodista Grados Penalillo le había preguntado: “Y usted doctor, ¿a qué ha aspirado en la vida?”, Aguilar Cornejo respondió: “… a no deberle plata a nadie. Si bien en calidad de político fue cuestionado debido a su lealtad a Odría, como Canciller sigue siendo respetado. En cuanto a su aspiración personal, parece haberla cumplido. Grados Penalillo cierra su entrevista con la siguiente frase: “Abogado, penalista, hombre de clase media, que todo lo que tiene se lo debe a su talento y que cuando defiende una causa judicial no pregunta primero si el recurrente tiene plata.»

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