Relatar la vida en acción de un multifacético peruano siendo uno de los encargos más complejos, aunque gratos, que se me hayan podido entregar, en una grata conversación con el doctor Arias Stella, así le llamaba entonces, quedó muy en claro su entusiasmo deseo de ejercer el cargo de Canciller de la República, no sólo para aportar su conocida cultura política, sino rememorando que era sucesor de prestigiados cancilleres que le habían antecedido en el cargo, especialmente los tres últimos. Fue patente entonces su interés por conocer todos los detalles de la política exterior peruana que, como era tradicional, buscaba la paz y la seguridad en las relaciones internacionales.
Es así que aprovechando un breve descanso al final de la tarde, me acerqué a visitarlo para no solamente rememorar nuestros treinta y cuatro años de amistad, pues mi respeto y agradecimiento hacia él serán invalorables, sino para poder actualizar en estas breves cuartillas una vida que ha estado siempre al servicio de la ciencia, de la política y la cultura del país.
Es así que esa tarde conversamos largamente, y de ese coloquio ha quedado lo que narro a continuación.
En la ciencia
Comienza Javier Arias Stella rememorando los comienzos de su carrera como científico. Cuenta que se graduó en la Facultad de Medicina de San Fernando, obteniendo su bachillerato en 1951, y 1959 el doctorado (M.D.) logrando sus postgrados en Estados Unidos y en Gran Bretaña. Inicio así una carrera dedicada al profesorado y a lo que es su pasión, la investigación científica, que se desarrolló muy sólidamente en el transcurso de los años. En su rol de maestro ejerció como profesor visitante en diversas universidades de Estados Unidos, Brasil, México, Argentina y Venezuela. Todo ello hace que su prestigio fuera cada vez más sólido, el cual lo lleva a ser profesor fundador y principal de Patología de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, galeno en el Hospital Arzobispo Loayza, presidente en 1975-1977 de la Academia Nacional de Medicina, y aún más; ser elegido Presidente de la Sociedad Latinoamericana de las Academias Nacionales de Medicina en 1975.
Esta amena conversación nos lleva a un tema sobre el cual considero que es muy importante explayarse, ya que fue un hito en la historia de la medicina: Producto de sus profundas y extensas investigaciones descubre un complejo proceso en la patología ginecológica que es mundialmente conocido como el “Fenómeno Arias Stella», aunque a él, con su conocida modestia, le cueste un poco identificarlo con su nombre. Pero es así como ha sido bautizado en el mundo científico. En el papel se cuenta fácil, pero no se crea que esta reacción fue descubierta de la noche a la mañana. Muchos meses le tomaron hasta que, revisando literatura, antecedentes, preguntas y agotando toda posible fuente de información en Lima y en Nueva York y, sobre todo, convenciendo a sus maestros, que le habían asegurado que tenía un problema que resolver, recién en 1954 se pudo dar a la luz algo que no había sido jamás descrito; publicó, en un prolijo estudio, los ejemplos necesarios para valorizar el descubrimiento: El fenómeno Arias Stella, ya sin comillas, que desde entonces ha salvado cuantiosas vidas humanas. Más adelante, aprovechando su estancia en el Memorial Sloan Kettering, en Nueva York, realizó su investigación inmuno histoquímica y ultra estructural en la llamada verruga peruana o fiebre de La Oroya.
De regreso al Perú, con premios y distinciones tales como el premio “Roussel Perú», por el descubrimiento al que nos hemos referido, en 1960; el premio nacional de Fomento de la Cultura «Hipólito Unanue», en 1959; el premio Fred W. Stewart, del Memorial Sloane Kettering Cancer Center, en 1991; el premio Avantis Roussel al mejor trabajo de Investigación sobre la Epidemiología del Helicobácter Pylori en el Perú, análisis de 3,005 casos, en 1999, que le valió el premio Robert F. Grover de la American Thoracic Society de Nueva York. Otras distinciones médicas adornan su brillante trayectoria, como la Gran Cruz de la Orden Hipólito Unanue, en 1963; la Gran Cruz de la Orden Daniel A. Carrión, en 1964 y otras distinciones honorarias del mundo entero. Pero a mi entender, la presea más original fue el lanzamiento de la Estampilla y Matasellos Postal Conmemorativo de la serie “Personajes Ilustres doctor Javier Arias Stella, en agosto de 2008.
En la política
Es evidente que la política vino hacia Javier Arias Stella como su karma que no le fue posible eludir. Cuenta que cuando regresó a Lima en 1955 después de lograr su postgrado, amigos suyos miembros de Acción Popular (partido nacido a la acción política bajo el liderazgo del Arquitecto Fernando Belaunde Terry) que conocían su calidad de estudioso de la salud pública en el Perú lo invitan a integrarse al movimiento para preparar el programa de gobierno, lo que acepta. En su primera entrevista con Belaunde Terry hablan poco del tema de la sanidad para tocar otros también de interés, pero ya germina en su pensamiento la necesidad de preparar un estudio sobre la Salud Pública, el que realiza con un equipo especialmente convocado. Aprobado el mencionado programa, Arias Stella es designado, casi sin saberlo, como miembro del plenario nacional del partido, a cargo de los asuntos de salud pública, lo que lo lleva, como era de esperar, a que el electo presidente lo invite a asumir el cargo de Ministro de Salud Pública en dos oportunidades, de 1963 a 1965 y de 1966 a 1968.
Una cosa y otra, y de pronto se vio en la responsabilidad de asumir la Secretaría General de Acción Popular en momentos cruciales para la vida democrática del país, desaparecida en 1968 con el golpe militar al Arquitecto Belaunde en el mes de octubre. A partir de ahí, la clase política que aun sobrevivía desarrolla una larga etapa de creatividad activa para hacer regresar al Perú a la institucionalidad, difícil tarea cuando se estaba rodeado de dictaduras militares en los países limítrofes, unas más cruentas que las otras y que, de acuerdo todas, tenía en su programa hacer desaparecer todo indicio de actividad política.
Por su parte, el arquitecto Belaunde Terry, exiliado en los Estados Unidos, soñaba con poder regresar al Perú y, mientras tanto, prestigiaba al país como profesor emérito en la Universidad de Washington. Un breve recuerdo personal: Tuve el honor de encontrarlo en la capital estadounidense y su afabilidad de trato con nosotros ganaba todas las voluntades, más aún cuando afirmaba que ese episodio castrense no duraría mucho. Pero sí duró, y como se sospechaba, su lema “Los últimos serán los primeros» hizo que, en 1980, con la Constitución en la mano y el voto masivo de la ciudadanía, Fernando Belaunde Terry fuese reelegido en su segundo período de gobierno, y Javier Arias Stella, una vez más al lado del Presidente, es llamado a asumir el cargo de Canciller de la República. Al leer lo anterior, no debemos olvidar que la política, a diferencia de la ciencia, le deparó a Javier Arias Stella, repito, destierros y agravios. Con su valiente esposa, Nancy Castillo, a su lado, nunca se dejó llevar por la amargura o la desesperanza porque, aunque cueste creerlo, siempre regresó sabio y ecuánime sin nunca abandonarle su manera de ser juguetona y una filosofía de enfrentar los problemas conservando siempre dos atributos indesligables: su pasión por la obra y su envidiable buen humor, invariable al enfrentar los problemas que se le presentaban, como dice el título: Como científico, maestro, político y diplomático.
En la Diplomacia
En el campo de la diplomacia hay también mucho que decir, pues entremezclado con sus otras actividades, Javier Arias Stella emerge a la actividad internacional, en la que debían estar incluidos otros elementos de juicio y de situaciones que acaecían en el mundo y que era de necesidad prioritaria tener siempre muy bien enfocados, al recordar que, si bien el Jefe del Estado dirige constitucionalmente la política exterior, es el Canciller con su equipo quien lo asesora, recomienda y la ejecuta.
Otro hecho muy importante, que viene a su mente y me lo relata es que cuando asumió la Cancillería, el Perú no tenía Embajador en Chile. El descubrimiento de un episodio de espionaje a fines de 1978 había determinado que el Gobierno del General Francisco Morales Bermúdez interrumpiera las relaciones bilaterales con la declaración de “persona no grata” del embajador Francisco Bulnes a principios de 1979. Por lo tanto, su primera tarea fue restablecer esa relación, lo que se logra en los primeros meses, agrega, gracias a la buena sintonía que lograra con el Canciller chileno, don René Rojas Galdames, con quien acuerda el intercambio de embajadores en 1981. Don José Luis Bustamante y Rivera y Don José Miguel Barros fueron los nominados, y llegaron con instrucciones precisas de normalizar los vínculos bilaterales afectados por tan desgraciado suceso.
En la guerra del “Falso Paquisha»
Si bien por mi cargo de entonces fui espectador privilegiado de los acontecimientos que se desarrollaron, prefiero dejar que sea el propio Javier quien nos relate el incidente, pues es uno de los que sabe perfectamente lo ocurrido. Recuerda él que gracias a una operación de abastecimiento aéreo aparecieron los primeros indicios de que en la vertiente oriental de la Cordillera del Cóndor se había verificado la infiltración de tropas ecuatorianas en ese lado del territorio peruano, donde habían instalado un puesto militar de vigilancia, los llamados PV, construido con material noble, madera y calamina. La reacción ecuatoriana al sentir el sobrevuelo del helicóptero fue disparar traicioneramente con fuego de artillería a la nave, que logra evadir el ataque e iniciar su retorno. Esto, cuenta el Canciller, le permite verificar que los ecuatorianos habían establecido, además, puestos militares en varios puntos de la frontera nor oriental de la Cordillera del Cóndor e instalado tres puestos de vigilancia, dos a orillas del río Comaina y el otro muy cerca del río Campana. Militarmente estaba comprobado, pero había que hacerlo desde el lado político por lo que, al día siguiente, en un helicóptero artillado sobrevolábamos la zona invadida comprobando con la simple vista una bandera ecuatoriana que flameaba entre los gigantescos árboles.
Y lo que sigue parece de fábula: Recuerda Arias Stella que el Ecuador, para engañar a la comunidad internacional, denuncia que un helicóptero peruano había sobrevolado y atacado el puesto de vigilancia de Paquisha, hiriendo a un soldado. La astucia llegaba al máximo, pues usando doble toponimia para confundir, asignaron el nombre de Paquisha al puesto de vigilancia que había sido sobrevolado el día 22. En ese momento, y ya han pasado treinta y tres años, sigue contando, se supo que el verdadero poblado de Paquisha estaba en la vertiente occidental de la Cordillera del Cóndor, al lado ecuatoriano, rodeada de cantones internos, es decir, en pleno Ecuador.
Recuerdo que fue en el Despacho Ministerial, en presencia de miembros de las Fuerzas Armadas, donde con los mapas desplegados se verificó, por lo que fue fácil concluir, dice Javier, que todo era parte de una estrategia política, diplomática, militar y, obviamente, geográfica del gobierno que presidía entonces el señor Jaime Roldós Aguilera, destinada, de manera infantil aunque peligrosa, a engañar a la comunidad nacional en su entonces porfiada campaña de declarar la invalidez del Protocolo de Rio de Janeiro de 1942; olvidando que dicho instrumento había sido aprobado solemnemente por los dos países ese mismo año y puesta de inmediato en ejecución la delimitación limítrofe.
Ecuador lo hizo inevitable. Como si fuera ayer, trae a la memoria que organizó la primera operación de “envolvimiento vertical”, que era el desembarco helitransportado con apoyo de fuego desde helicópteros MI-8. Continúa Javier mencionando que el día 29 de enero -simbólicamente el mismo día que treinta y nueve años atrás se había firmado en Río de Janeiro el Protocolo de límites, el Presidente de la República se constituyó en el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas para reiterar sus instrucciones sobre la inmediata recuperación de los territorios ocupados desalojando al invasor. Yo, que acompañaba al Canciller Arias Stella en esa ocasión, recuerdo que el Presidente dio un golpe en el escritorio y dijo: ¡Ni un día más! Le pregunto a Javier que me explique el porqué de la fuerte reacción del Presidente y me dice: Belaunde era, en el trato personal, hombre respetuoso y afable, tanto con sus pares, partidarios y aun adversarios políticos, sin embargo, en casos como este, sabia ser igualmente firme y enérgico como correspondía al Jefe de Estado que era.
Me sigue contando que esa orden tuvo efecto inmediato, y esa misma tarde se capturó el PV-22 o lo que se llamó «Falso Paquisha». Es así que no se perdió un instante: El día 30, al mediodía, el Presidente Belaunde, acompañado de los Ministros de las Fuerzas Armadas y el de Transportes, el Presidente de la Cámara de Diputados y el Comandante General del Ejército, levantó el pabellón nacional mientras todos entonaban el himno nacional.
A esa misma hora, rememora Javier,»…habría querido estar al lado del Presidente, pero me encontraba en la sede de la Organización de Estados Americanos, en Washington, asistiendo a la reunión de consulta convocada. Al tomar la palabra, los países miembros tuvieron la ocasión de escucharme desenmascarar la patraña urdida por el gobierno ecuatoriano sobre el Falso Paquisha mostrando mapas en donde las coordenadas geográficas reflejaban perfectamente las verdaderas posiciones geográficas de la localidad de Paquisha en el Ecuador y del inventado Paquisha en territorio peruano, el inolvidable PV-22. Quedó así terminado un conflicto con el retiro total de las tropas ecuatorianas regresando Ecuador, derrotado en los hechos, a la vertiente occidental de la Cordillera del Cóndor y el Perú a la vertiente oriental de la misma cordillera, cuando se habilitó otros puestos fronterizos para evitar una repetición de acciones ecuatorianas en esa región”. Fue sin duda, termina Javier, un gran triunfo de la causa peruana.
Ha anochecido, le preguntó a Javier si podemos dejar para otro momento esta conversación y me responde: «Por qué? si nos falta aún tratar otros temas interesantes de los años 80 que estuvieron al tope de nuestra agenda; la candidatura y posterior elección del Embajador Javier Pérez de Cuéllar al más alto sitial internacional, las Naciones Unidas; el conflicto entre Argentina y Gran Bretaña por las islas Malvinas y nuestra mediación; la firma del Tratado Antártico a cuyo capítulo consultivo era difícil de ingresar y, finalmente, contar algunos hechos de mi gestión como representante permanente en las Naciones Unidas, allá por 1983 etapa en la cual estabas ya como embajador en Yugoslavia».
En el Tratado Antártico
Le pido que recuerde la gestión sobre el Tratado Antártico establecido en 1959 y en vigencia desde 1961, junto con acuerdos y otras convenciones afines, y al que el Perú se adhirió en abril de 1981. Javier, con apuntes y recortes en mano, recuerda los esfuerzos de la Cancillería peruana para convencer de la necesidad de poder formar parte del Club de los 50 países firmantes, pero, más aún, para acceder al exclusivo capítulo de las 28 naciones con estatus consultivo, reflejando lo que se pensaba en 1981, año de su firma. Javier, como buen científico que es, piensa un momento para explayarse después sobre el tema.
Se adujo entonces, recuerda, dos elementos: Uno, el de la continuidad geológica, y el otro, el de la aplicación de los vínculos históricos derivados del uti possidetis. Bueno, los resultados son extraordinarios, termina Javier, recordando como el sueño que se inició hace veintitrés años, en 1981, tiene hoy como realidad el establecimiento desde 1989 de la Base Machu Picchu, instalada en la Bahía Almirantazgo en la ensenada Mc Kellar de la Isla Rey Jorge de las Shetlands del Sur (en la parte izquierda superior), con quince misiones ya realizadas, en las que el buque Humboldt, premunido de un programa científico y logístico, se desplaza hacia el continente polar para cumplir una agenda científica, todo ello bajo el planeamiento y programación del Instituto Antártico Peruano, que dirige Torre Tagle. Esta actividad se refuerza con su participación activa en las reuniones consultivas, así como en las del Tratado Antártico. Como lo ha explicado Javier, este fue otro de los temas que sobre la paz y seguridad mundial tenía delineada la política exterior de entonces y que, gracias a declaraciones emanadas de las Constituyentes de 1979 y 1993 e introducido en el Acuerdo Nacional, se ha transformado en una política de Estado. Un gran éxito histórico de nuestra Diplomacia recuperar un área importante de territorio polar inédito hasta entonces, concluye el doctor Javier Arias Stella.
En la elección del Embajador Javier Pérez de Cuéllar
Es otro de los capítulos que me tocó vivir in situ. Ocurrió el año 1981, con la gestación, candidatura y las gestiones que tanto en Lima como en Nueva York llevaron a la elección del embajador Javier Pérez de Cuéllar al cargo de Secretario General de las Naciones Unidas. Sobre lo que tanto se ha escrito desde entonces, entre otras la memoria del doctor Celso Pastor De La Torre, que tituló Cómo un peruano fue elegido Secretario General de las Naciones Unidas, que describe detalladamente lo que se vivió en los pasillos de la organización, con todos los complejos prolegómenos y procesos que terminaron en tan feliz resultado con especial mención a la labor de apoyo desarrollada por el representante permanente, Embajador Juan José Calle, y todo el personal diplomático que integraba la Misión.
Para continuar esta gama de recuerdos, esta es otra de las tareas que Javier, en la parte que le correspondía, condujo desde Lima. Al tocar el tema se nota el entusiasmo de Javier Arias Stella, que comparto, ya que fue en el despacho rojo donde nació por primera vez la idea de presentar a don Javier Pérez de Cuéllar a tan alto sitial internacional, muy poco después de que el Senado rechazara su designación como Embajador en la República Federativa del Brasil. Algo importante, y que es poco conocido, es que, ante una decisión política de esa gravedad, el Ministro presentó su renuncia al cargo, asumiendo la responsabilidad de la decisión parlamentaria. La luctuosa mano política se vio cuando la propuesta, que había sido aprobada con honores en la Comisión de Relaciones Exteriores, se vio trunca pues al día siguiente el plenario la rechazó, dejando a todos, más aún a nuestro Servicio, atónitos al constatar que el propio partido del Gobierno, del cual Javier Arias Stella era miembro, había cometido tamaña acción contra nuestro más prestigiado colega, ocasionando un insospechado daño a la política exterior del Perú. Por fortuna, el Presidente de la República, el mismo 8 de octubre, no aceptó la renuncia ministerial conminándole a retirarla y a continuar dirigiendo la Cancillería.
Es así, continúa Javier, “…que en la cancillería se trabaja el mejor procedimiento para dar el segundo paso, y el que se encuentra resultó el mejor de todos: el gobierno pondrá en manos del doctor Celso Pastor De La Torre, la gestión en Nueva York, designándosele Jefe de la Delegación del Perú a la XXXVI Asamblea General con el cargo de ‘Enviado Especial, para promover en Nueva York la candidatura”. Celso Pastor, mi Jefe en Washington en los años 60, era el mejor conocedor del medio internacional, pues había sido, de 1963 a 1968, nuestro embajador en los Estados Unidos de América, conocedor de una lista de personalidades de las grandes potencias que, en primer lugar, serían los que decidieran la elección del nuevo Secretario General.
A estas alturas de la conversación, Javier me dijo: «… no es el propósito hacer toda una memoria de lo ocurrido entre octubre y diciembre porque el libro del doctor Celso Pastor De La Torre, cuyo texto final me lo entregó para su lectura, contiene todos los detalles de una epopeya, única en la historia diplomática del Perú, ya que desarrolla detalles inéditos hasta entonces para la opinión pública y la prensa, con hincapié en sus contactos conmigo y, principalmente, con el Embajador Pérez de Cuéllar, quien contra todos los consejos permaneció inamovible en Lima mientras los otros candidatos hacían antesalas largas y tediosas para conseguir ‘los votos sin vetos’; sigue luego con la campaña, su ejecución, el desarrollo de las votaciones en el Consejo de Seguridad; mis contactos con todos los cancilleres latinoamericanos; las entrevistas de Celso Pastor con todos los representantes permanentes: Unión Soviética, Francia, China y Gran Bretaña y Estados Unidos, cuya Secretaría de Estado, señora Jeane Kirkpatrick, tenía una especial admiración por el candidato peruano; los retiros de Salim y Waldheim, Illueca y Ramphul, todos víctimas de vetos inamovibles; hasta llegar a la votación y la elección”.
Aún me emociono cuando recuerdo, ya era de noche, esa trascendental conversación entre don Celso Pastor y don Javier Arias Stella, que definió lo que ocurrió el viernes 11de diciembre a las 13:13 horas, cuando el Consejo de Seguridad, en sesión privada, eligió unánimemente al nuevo Secretario General de las Naciones Unidas para el período 1982-1986. El martes 15 de diciembre, la XXXVI Asamblea General aprobó por aclamación la designación del Embajador Javier Pérez de Cuéllar como Secretario General de las Naciones Unidas para el período de 1982 a 1986.
Como noble colofón de esta historia, Javier Pérez de Cuéllar no terminó en esos momentos su continuo servicio a la humanidad y, particularmente al Perú. El congresista Valentín Paniagua Corazao, designado Presidente de la República en noviembre del año 2000, tuvo la feliz idea de convocar al Embajador Javier Pérez de Cuéllar como Presidente del Consejo de Ministros y, al mismo tiempo, el destino le daría otro cargo que él recibió con el mayor orgullo: el de Ministro de Relaciones Exteriores, un Canciller de lujo para el Perú. Culminado dicho Gobierno en el plazo previsto, don Javier rindió su último servicio a la República al asumir la Embajada del Perú en Francia, del año 2002 al 2004, cuando renunció para retornar al país en donde hoy es el peruano más respetado y consultado.
Las Malvinas en guerra
Cronológicamente debíamos seguir avanzando en los recuerdos que sellan una gestión ministerial de un poco más de treinta meses en Torre Tagle, en los cuales quedó impreso el estilo “Javier Arias Stella» sobre algunos retos realmente dramáticos, como los que ya hemos descrito más el conflicto de las Islas Malvinas. Amanecía el 2 de abril de 1982, siempre las crisis son al albor de la mañana, cuando fuimos despertados con la noticia de que fuerzas militares de Argentina habían tomado las dependencias de Georgia del Sur y las islas Sándwich del Sur. Ello pese a que, ante ciertas señales de un movimiento argentino, el Reino Unido denuncia en el Consejo de Seguridad y lleva al Presidente del Consejo a emitir una declaración instando a las dos partes a abstenerse al uso de la fuerza. Y también a que, como leímos el día 2, caía en saco roto por la invasión argentina, que reclamaba desde el siglo XIX la soberanía de las Islas Malvinas.
Las fechas en el almanaque corren, ya pasaron el 3, 5, 6 y 9 de abril, y la inminencia de la llegada de la flota británica a las islas se acrecienta día a día. La noticia del viaje del Secretario de Estado, Alexander Haig, a Londres, nos da la idea, dice Javier, de conversar el 10 de abril con el Presidente de la República para que regrese a la carga, lo que lleva a Belaunde a hacer una invocación oficial, a los Gobiernos argentino y británico, que es difundida en el mundo entero, invitándolos a una tregua, propuesta que es aceptada por Argentina, mas no por el Reino Unido, que pone como condición el retiro de las fuerzas argentinas. Nada parecía detener la explosión del conflicto con el ataque británico a las islas ocupadas malamente, ya que los equipos y material argentino no se condecían con los cinco grados bajo cero de temperatura existente en dicha región.
Y viene lo que tenía que venir, cuenta Javier, con quien viajamos a Washington D.C., a la sede de la OEA, para tratar el tema: “Grave situación planteada en el Atlántico» que se examinaría el 26 de abril en la XX reunión de Consulta bajo el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que, como se sabe, fue firmado en Río de Janeiro en setiembre de 1947 para repeler cualquier ataque al continente americano por parte de una potencia extra continental, léase entonces la Unión Soviética, ¡mas no el Reino Unido! Iniciada la asamblea, le cabe a la delegación peruana un rol protagónico ya que, luego del debate de estilo en que las delegaciones hablaron de buscar canales de paz y aplicar los mecanismos permitidos, presenta, junto con Brasil, un proyecto de resolución cuyo contenido está cuidadosamente enmarcado en los principios de la OEA y sujeto al contenido del TIAR. La inminencia del ataque británico hacía que el documento tuviera una urgencia de primer orden, ya que producido este solamente quedaba aplicar el pedido de tregua contenido en un artículo del proyecto. La idea medular de un cese de hostilidades, con un período de compromiso de las partes, tenía que ser refrescada puesto que las misiones emprendidas por Alexander Haig no habían tenido el éxito esperado y para lograrlo estaban dirigidos los puntos básicos centrados en la resolución peruana. Recuerda Javier que, en esas instancias, Haig estuvo en contacto telefónico con él y con el presidente Belaunde.
Durante los días 26 y 27, nuestra delegación tocó todas las puertas a fin de escuchar observaciones y cambios, los que se van aceptando manteniendo el fondo jurídico del texto original, sobre todo escuchando los anhelos argentinos que sabían la situación real del conflicto en el sur, momento en el cual el presidente de la reunión puso a votación el proyecto peruano, que señalaba claramente que los países de América reconocían el derecho de la Argentina a la soberanía de las Islas Malvinas. La resolución, que fue aprobada por diecisiete votos a favor, ninguno en contra y cuatro abstenciones, mostró que por primera vez América estaba unida en un foro político. Recuerdo, sigue contando Javier, que me sonreí “…cuando la delegación norteamericana explicó su abstención diciendo que no estaba en contra del proyecto, sino que lo había hecho así porque el Secretario de Estado se desempeñaba todavía como mediador. Ya sabía que esa razón ya estaba superada, porque Haig había reconocido la inutilidad de sus gestiones». Lo positivo es que, además de la resolución adoptada, se decidió que la reunión permaneciera abierta «con el objeto de velar por el fiel cumplimiento de la Resolución y otras medidas adecuadas que se convengan para preservar la solidaridad y la cooperación interamericana.
Hasta ahí todo bien en el plano de la gestión interamericana, pero el 30 de abril, muy temprano, me entero, sigue contando, “… que la Secretaría de Estado de los Estados Unidos nos sorprende con un comunicado en el que hace conocer su posición de apoyo franco y decidido al Reino Unido, responsabilizando a la Argentina de haber sido el obstáculo para el buen final de las negociaciones». Siento entonces que el TIAR ha sido tirado por los suelos, pues no solamente un país miembro de la OEA y del tratado se ponía del lado de una potencia extra continental, sino que, peor aún, declaraba que aplicaría medidas económicas contra la Argentina. Y más grave si cabe, declaraba explícitamente que daría apoyo a la fuerza armada de Gran Bretaña en su misión a las Malvinas. Esa misma tarde, siguiendo instrucciones del Jefe del Estado, “… contacté al Secretario Haig fijando nuestra posición y nuestro asombro por esa declaración inédita y anti histórica que, le agregué, daba la espalda al Sistema Interamericano pues, sobre todo al declarar la decisión de Estados Unidos de apoyar la invasión, que era violatoria de la decisión 502 de las Naciones Unidas, las explicaciones de Haig no fueron convincentes ni sinceras».
Y la gestión tuvo resultados porque poco después Alexander Haig llamó al Presidente de la República, con quien se armonizaron puntos de vista acordando un plan de siete puntos: 1. Cese inmediato de las hostilidades; 2. Retiro mutuo de fuerzas; 3. Presencia de representantes ajenos a las partes involucradas en el conflicto para gobernar temporalmente las islas; 4. Los dos gobiernos reconocen la existencia de reclamaciones discrepantes y conflictivas sobre la situación de las Islas Malvinas; 5. Los dos gobiernos reconocen que las aspiraciones y necesidades de los habitantes locales tienen que ser tomadas en cuenta en la solución pacífica del problema; 6. El grupo de contacto que intervendría de inmediato en las negociaciones para implementar este acuerdo, estaría compuesto por Brasil, Perú, República Federal de Alemania y los Estados Unidos de América; 7. Antes del 30 de abril de 1983 se habrá llegado a un acuerdo definitivo, bajo la responsabilidad del grupo de países mencionados.
El Perú había puesto la bola en movimiento y ahora sólo quedaba, tarea nada sencilla, que el Presidente Belaunde trasmitiera al Presidente Galtieri este texto en castellano e inglés, lo que así hizo. Siguiendo el hilo de la historia, Galtieri le respondió: «Agradezco muchísimo el esfuerzo de conciliación de su gobierno y desde mi punto de vista creo que esta propuesta es factible, la encuentro viable, pero presidente, yo también tengo mi Senado, que es la Junta de Generales, y vamos a reunirlo a las 17:00 horas” (15:00 de Lima).
El Presidente, junto con el Primer Ministro Manuel Ulloa y yo, esperamos la respuesta todo el domingo en la tarde. En mi despacho de Torre Tagle, mi equipo permanecía inamovible, preparando los pliegos y textos para una eventual firma del acuerdo de siete puntos, que podrían suscribirlos preliminarmente los embajadores de Argentina y Gran Bretaña en Lima. No estábamos enterados aún de que esa misma tarde, a las 16:00 horas (14:00 de Lima), el crucero General Belgrano fue hundido por tres torpedos cuando se preparaba a atacar con misiles a los barcos británicos que se encontraban al sur de las Malvinas, murieron trescientos veintitrés y sobrevivieron ochocientos de sus tripulantes. Con el anochecer Ilega el ocaso y, simbólicamente, esa noche la espera terminó cuando en un ambiente de gran desilusión nos enteramos de la gran tragedia marina que había sufrido Argentina y, como era de esperar, a primera hora del día siguiente, el lunes 3 de mayo, recibí la llamada del Canciller Costa Méndez, quien me dio los detalles de la recepción del documento recibido por la Junta, «y avanzaba favorablemente en la mayoría de los puntos cuando, dijo, interrumpió un Almirante y en alta voz anunció el hundimiento del Belgrano. Nos corrió un escalofrío al ver que todo lo caminado era destruido y más aún cuando el 4 de mayo, tan solo dos días después del Belgrano, llegó otra noticia trágica: Argentina no se quedó atrás pues dos misiles Exocet destrozaron al destructor HMS Sheffield ocasionando veinte tripulantes muertos. El 10 de mayo toda la estructura del barco se hundía en el fondo del océano.
Y es así que en 1982 da esos pasos, uno, la Argentina, en carta al Secretario General de las Naciones Unidas, le acepta su ofrecimiento para ayudar a comenzar nuevas negociaciones en torno a las Malvinas; y dos, propusimos la continuación de la XX reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de la OEA, de acuerdo al artículo 6° y 13° del TIAR, para seguir examinando todas las otras posibilidades a nuestro alcance para evitar la invasión de las fuerzas británicas de las islas y, con ello, salvar cientos de vidas de toda una juventud argentina que se perderían en la contienda al estar sin protección logística para resistir por más tiempo los cuatro o cinco grados bajo cero reinantes entonces.
Efectivamente, la sesión se realizó el 27 de mayo. El debate fue muy amplio, matizado con gestos de solidaridad hacia la República Argentina, cuando se discutió una resolución que pasaba revista a todo lo ocurrido hasta esa fecha, expresaba el grave sentir de los países, pedía que eran necesarios gestos definitivos por parte del Reino Unido para que suspendiera las acciones militares y revocara la ilegal «zona de exclusión» por ir en contra del Derecho Internacional; y a Estados Unidos para que contribuyera a esa decisión, recalcando una vez más la necesidad de un arreglo urgente para preservar y fortalecer el Sistema Interamericano. El proyecto presentado por Argentina, con algunas enmiendas, fue aprobado por diecisiete votos a favor, ninguno en contra y cuatro abstenciones. En su intervención final en la reunión de consulta, el Canciller argentino Costa Méndez rindió un cálido homenaje al Perú en la figura del Presidente Fernando Belaunde Terry, de quien dijo ser. «Uno de los hombres más destacados de América, un ejemplo de gobernante americano […] quien tomó este caso con pasión de hermano […]», para agregar: «Si no hubiera sido por el hundimiento del Belgrano, su propuesta de paz hubiera prevalecido…”
Javier me dice que el tema es infinito porque hay mil y un detalles que ocurrieron en el periodo comprendido del 2 de abril al 14 de junio de 1982, día en que cesan las hostilidades con la rendición argentina. Fue una dura pelea con el Derecho Internacional en la mano y en contra de una potencia como el Reino Unido, que contaba con aliados dentro del Consejo de Seguridad como para lograr decisiones a su favor y en contra de Argentina. Solo dos permanentes, China y Rusia, se abstuvieron en todo momento, permaneciendo críticamente expectantes acerca de la posición que adoptaría Estados Unidos.
Trascendió después, recuerda Javier, que el Perú apoyó militarmente a Argentina con acciones de inteligencia y con el envío de aviones Mirage M-5P, en ese entonces casi nuevo, eludiendo radares chilenos que actuaban apoyando a la inteligencia británica. Además, con pilotos instructores, pertrechos militares, cohetes-misiles Exocet y medicinas. Es así que el Perú del Mariscal Castilla reverdeció más de un siglo después, pues nuestro país fue una de las pocas naciones que, como aliadas, apoyó solidaria y abiertamente a Argentina dando una lección de hermandad americana.
Javier termina este capítulo con su sonrisa de siempre para hacer una reflexión histórica: «No cabe duda que, al igual que en el conflicto del “falso Paquisha”, la gestión del Tratado Antártico, la exitosa y abrumadora elección de Javier Pérez de Cuéllar a las Naciones Unidas y la mediación en el conflicto de las Malvinas, el Perú estuvo en las muy buenas manos de su Jefe de Estado, el Presidente Fernando Belaunde Terry, quien lució en esos cuatro episodios su liderazgo y talla de estadista continental. Así fue reconocido entonces con las múltiples muestras de agradecimiento del pueblo argentino. Fue un orgullo estar a su lado en todo momento.»
En la Representación Permanente del Perú en las Naciones Unidas
Pero nos queda un punto de mi agenda que es de la mayor importancia, este es, su gestión como Representante Permanente en las Naciones Unidas, y que la modestia de Javier quiere pasar por alto. Le pido que me cuente algunos detalles desde que llegó a Nueva York en 1983 hasta su partida en 1985 y, como es su forma de ser, recuerda el trabajo en equipo con el personal diplomático y administrativo de la Misión en Nueva York, quienes le acogieron con el mayor respeto y cariño después de la partida del Embajador Juan José Calle, a quien reemplazó en tal difícil cargo.
Sobre detalles de su permanencia en las Naciones Unidas, echa la mirada hacia atrás y cuenta: “Los temas que traté fueron innumerables pero recuerdo uno en especial y es la experiencia más grande que me ha pasado en toda mi vida: y es el que tiene que ver con la elección del Perú al Consejo de Seguridad en 1984, una posición diplomática que nos ponía en el centro de la acción internacional, pero sin duda, la Presidencia del Consejo, que ejercí en nombre del Perú en dos oportunidades, sentado en la mesa que representaba al Mundo y teniendo al lado a un peruano tan admirado y querido como era y es Javier Pérez de Cuéllar. Ahora recuerdo vagamente los temas de la agenda, uno de ellos el proyecto de prohibición del uso de armas químicas en la guerra Iraq-Irán- pero todos tenían que ver con la paz y seguridad y la urgencia que existía de preservar la autoridad e influencia de las Naciones Unidas en el concierto mundial».
Epílogo
Ha llegado la hora de despedirnos, las luces del Instituto se están apagando pues es muy tarde ya, aunque la conversación ha permitido un sinceramiento de a dos que siempre es tan necesario y que la redacción de una vida, resumida, por cierto, de Javier Arias Stella lo imponía. De la lectura de los hechos que presidieron su gestión, mi experiencia me dice que muy pocos cancilleres en nuestra historia diplomática tuvieron que bregar con la seriedad y algunos con la gravedad en los temas expuestos, que nos lo ha relatado con la mayor objetividad posible, mejor aún con su reconocida modestia que tienen los grandes hombres, que es el caso del doctor Javier Arias Stella en vida plena y dedicado plenamente a su actividad científica, sin olvidar me dice: “los cinco años que pasó en Torre Tagle y en las NN. UU, cuando supo de la amistad y el respeto de excelentes profesionales dedicados a defender el más alto interés del país»
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