On ne reçoit pas la sagesse,
il faut la découvrir soi-même après un trajet
que personne ne peut faire pour nous,
ne peut nous épargner.
Marcel Proust
Yo, en lo personal, he querido guiarme con
el principio de servicio al país y la aspiración
de poder imaginar los medios y los caminos
para transitar.
José Antonio García Belaunde
Cuando José Antonio García Belaunde asumió el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores retornaba a su casa tras casi década y media de alejamiento forzado. En su discurso inaugural hizo notar que era el único diplomático que contaba con la “credencial” de haber permanecido tanto tiempo apartado de la Cancillería. Tal vez por eso mismo puso énfasis en mirar hacia adelante y dejar atrás las rencillas que subsistían por los difíciles tiempos que había vivido el Servicio Diplomático. Con ánimo ecuménico convocó el concurso de todos sus miembros para contribuir con la tarea de modernizar el país y hacer de la diplomacia peruana un instrumento eficaz de acción externa. Garantizó que actuaría con el apego a la ley y la devoción por la justicia heredados de su padre, el jurista Domingo García Rada. La sujeción a la norma, explicaría, evita injusticias y discriminaciones y afianza y preserva la institucionalidad.
Ser fieles a nuestra historia
Asociar a García Belaunde con la tradición de Torre Tagle no es un recurso retórico. La vinculación deriva de su vivencia personal y profesional. Él no percibe la tradición con una mirada pasadista, reaccionaria en última instancia, que conlleva a la inmovilización e incluso a la frustración frente al presente. La concibe, por lo contrario, como una fuente de estímulo mediante el ejemplo, como un espejo que sirve para reconocer falencias propias, remediarlas y actuar con mayor acierto ante los retos del presente. Dicha concepción ejemplificadora de la tradición diplomática nace de su herencia familiar de renombrados internacionalistas y juristas, en especial su abuelo Víctor Andrés Belaunde, y sobre todo de la singular naturaleza de su trayectoria profesional.
En 1969, al ingresar al Servicio Diplomático, García Belaunde integró el equipo conformado bajo la dirección de García Bedoya en la entonces recién inaugurado Sub Secretaría de Planeamiento. Ahí sería testigo y partícipe de la formulación del diseño político que García Bedoya impulsaría y conduciría con brillantez durante la década siguiente. Ese año de trabajo y reflexión, rememora García Belaunde, contribuyó a desarrollar una política exterior moderna que, recogiendo elementos esenciales del enfoque político previo, posibilitó diversificar el margen de maniobra del país, «jugar en diversos tableros», para que la acción externa peruana adquiriese proyección global.
Luego, García Belaunde trabajaría bajo la dirección de Javier Pérez de Cuéllar, su primer jefe en el exterior, en la misión peruana ante las Naciones Unidas, años de singular activismo que cimentarían su convicción de que negociar es la quinta esencia del quehacer diplomático. Él mismo describe su estada en Nueva York como una etapa de aprendizaje durante la cual presenció, de manera cotidiana, el arte de negociar que Pérez de Cuéllar desplegaba para lograr consensos y adhesiones en los temas más controvertidos, manejando con pericia complejos códigos, plazos y procedimientos y actuando con fina discreción para alcanzar resultados, con tenacidad, pero sin alardes.
El año 1979 volvió a Lima para trabajar de nuevo al lado de García Bedoya, ya entonces Canciller, lo apoyó encabezando la unidad de análisis creada por el Ministro para el manejo de las situaciones de crisis, el Gabinete Técnico. Durante ese período de intensa actividad colaboró decididamente con el canciller para concretar su iniciativa de conferir dimensión política al proceso de integración andino, objetivo que demostró su valía y eficacia a la hora de encarar la crisis nicaragüense. Como García Belaunde remarca con frecuencia, García Bedoya inventó la integración política andina al crear el Consejo Andino de Cancilleres, acto con el cual culminó su gestión ministerial.
Durante la década de los años 80 García Belaunde desempeñó sus actividades en calidad de experto en integración y economía internacional, además de ejercer funciones diplomáticas en las embajadas del Perú en España, Ecuador y Estados Unidos. En 1980 lo reclutó el Ministro de Economía y Finanzas Manuel Ulloa, quien lo nombró Director General de Negociaciones Comerciales, y pocos años más tarde encabezó la representación del Perú ante la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), con sede en Montevideo. En 1988 sería ascendido a la categoría de Embajador, a la temprana edad de treinta y nueve años, y fue nombrado Sub Secretario de Asuntos Económicos e Integración de la Cancillería, cargo que ejerció hasta 1990. Ese sería el último puesto que ocuparía en el Ministerio de Relaciones Exteriores antes de ser nombrado canciller en julio de 2006.
Entre tanto, tras la temprana muerte de García Bedoya, en 1980, García Belaunde se impuso a sí mismo la tarea de recopilar, revisar y sistematizar los textos dispersos de su antiguo jefe y amigo. En un esfuerzo solitario publicó en 1981 el libro que reúne las principales contribuciones de García Bedoya a la política exterior peruana. Doce años más tarde colaboró con el grupo de especialistas que publicó en 1993 una evaluación global del papel medular de García Bedoya en la diplomacia peruana. Dichas publicaciones dejan constancia de la influencia indeleble del pensamiento de García Bedoya en la visión política de García Belaunde, sobre la base de la coincidencia de ambos en que la política exterior tiene que responder a su tiempo, que una política moderna se adecúa en consonancia a los cambios del escenario internacional, y que la diplomacia tiene que ser eficaz, encarando los cambios y desafíos externos en función a la consecución de los intereses nacionales.
García Belaunde subraya que permanece vigente el mensaje esencial de García Bedoya de mantener la política exterior sintonizada al ritmo de los tiempos. “Creo que Carlos por eso sigue siendo moderno,» explica, “porque nos ayudó y nos enseñó a pensar en los términos que debíamos relacionarnos con el mundo: Los términos del cambio, los términos de la modernidad. Saber escuchar el ruido de los tiempos. A eso agregamos: Ser fieles a nuestra historia, si queremos ser buenos diplomáticos.»
El diseño inicial
El tiempo que García Belaunde permaneció apartado de la Cancillería, el período que se extiende entre los años 1990 y 2006, además de abocarse a la docencia universitaria, trabajó en la Junta del Acuerdo de Cartagena y la Comunidad Andina (CAN), concentrando sus labores en la reestructuración del mecanismo de integración andino y ejerciendo diversos cargos directivos, incluyendo el de Director General de la CAN.
Asimismo, formuló la propuesta de articular una asociación latinoamericana, desde México hasta Chile, para proyectar conjuntamente los intereses políticos, económicos y de cooperación hacia la región Asia-Pacífico. La concepción de dicha propuesta ya había sido esbozada por García Belaunde en 1993, al analizar el papel del espacio en la reflexión política de García Bedoya. En dicha oportunidad caracterizó el enlace y la integración con la otra orilla del océano Pacífico como la redefinición estratégica de los intereses nacionales impuestos por nuestra matriz geográfica, la adaptación de la proyección del componente marítimo nacional a las nuevas características del panorama internacional.
También fijó el objetivo de buscar, de manera simultánea, diferentes vías de inserción internacional y asociación estratégica fuera del ámbito regional, mediante la puesta en marcha de tratados de libre comercio con nuestros principales mercados tradicionales, Estados Unidos y la Unión Europea (UE), y negociando acuerdos similares con las potencias económicas asiáticas -China, Japón y Corea- con miras a impulsar su participación en el desarrollo del país. Calificó el lineamiento de negociar la obtención de ventajas en la inserción internacional, sin exclusiones, como una respuesta a los cambios producidos por la globalización económica y una apuesta por la modernidad.
El eje espacial: El dilema de la integración regional
A mediados del año 2006 la región estaba dividida en torno al papel del libre comercio, medio de inserción a la globalización y motor de crecimiento para unos, medio de penetración de la inequidad de la globalización para otros. Ante ese desencuentro cargado de retórica ideológica, el Canciller García Belaunde habría de recurrir a su amplia experiencia en el mundo de la integración regional para generar espacios viables de cooperación. Rescató la figura del pluralismo ideológico, empleada con éxito en la década de los años 70, para propiciar la integración mediante el principio del respeto a la diversidad, privilegiando los intereses concretos en común frente a las diferencias de opinión política sobre el comercio exterior y el desarrollo. Asimismo, promovió con decisión la reorientación del enfoque de la integración basado en la agenda comercial a uno que priorizase las necesidades socio-económicas de la población. Su objetivo era alentar la expansión de fórmulas concretas de integración efectiva.
La recuperación del principio del pluralismo ideológico resultó ser determinante para la redefinición de la integración regional en torno a la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), entidad concebida como esquema de cooperación política e integración física. El respeto a la diversidad permitió desarrollar instancias de coordinación política mediante el diálogo, dejando de lado las discusiones en cuanto a los modelos de desarrollo, así como focalizar la cooperación en la ejecución de obras de infraestructura y la concertación de programas sociales. Sobre la base de la cooperación con pragmatismo en áreas específicas de interés común, como consolidación democrática, salud y educación, ciencia y tecnología, innovación productiva, y medidas de confianza militar, se logró avanzar en conjunto con decisión e institucionalizar el proceso de integración regional.
El eje temporal: Tiempo de decisiones
La coyuntura política confería prioridad a tratar de reorientar la relación con Chile. García Belaunde acompañó al Presidente Electo, Alan García, a Santiago, oportunidad en la cual propusieron concentrar los esfuerzos bilaterales en los temas de beneficio mutuo, enfoque que la mandataria chilena, Michelle Bachelet, acogió cuando asistió a la ceremonia de asunción de mando presidencial celebrada en Lima. Bajó esa óptica, durante el segundo semestre del año 2006 se llevó a cabo un conjunto de iniciativas dirigido a estrechar los vínculos entre ambos países, incluyendo la suscripción de un tratado de libre comercio, el reingreso de Chile a la CAN como miembro asociado y la reanudación de las reuniones de Ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa («2+2»). Durante ese activo semestre Chile también devolvió al Perú cerca de cuatro mil libros sustraídos durante la Guerra del Pacífico, y el Perú participó como invitado oficial en la feria internacional del libro de Santiago.
Mientras tanto, el Canciller García Belaunde exploraba la posibilidad de encontrar una solución a los problemas prácticos causados por el diferendo marítimo, enfocando su atención en buscar una fórmula que permitiese regular un régimen pesquero equitativo en la zona fronteriza. Consideraba plausible recurrir a la negociación para evitar la intensificación de la tensión bilateral y el consiguiente deterioro de la relación bilateral. Sin embargo, a inicios del año 2007, un nuevo episodio de aguda tensión cambiaría la dinámica de la relación.
La introducción en un proyecto de ley chileno, la ley de creación de la región Arica-Parinacota, de un acápite que modificaba un tramo del límite terrestre desencadenó la polémica. La propuesta legislativa alteraba la línea limítrofe fijada entre el mar y el primer hito de frontera, el hito número 1. La firme oposición del Canciller García Belaunde, con pleno respaldo presidencial, motivó que finalmente el Tribunal Constitucional chileno eliminara la cláusula en discusión, pero la tensa situación producida alteraría el curso de la relación entre los dos países.
La pretensión chilena de variar el límite entre el hito 1 y el mar nació como efecto colateral de la controversia marítima. Su objetivo inmediato era desconocer la ubicación del punto inicial de la frontera terrestre, el punto Concordia. Su objetivo mediato era tratar de fortalecer el argumento de que el paralelo geográfico de dicho hito constituía el límite marítimo hasta las 200 millas. En abril de 2001 Chile había intentado instalar en esa misma área una caseta de vigilancia persiguiendo ambos objetivos. En consecuencia, la modificación legislativa pretendida por Chile en enero de 2007 constituyó un nuevo intento de reforzar su posición marítima. Dicha acción provocaría como reacción la activación del proceso que desembocaría, un año más tarde, en la presentación de la demanda peruana ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) para resolver la controversia sobre la delimitación marítima con Chile.
Ahora que se conoce ampliamente el resultado exitoso que el Perú obtuvo gracias a la sentencia de la Corte de La Haya, en retrospectiva pareciera que no hubiese sido tan compleja la decisión de acudir a ese tribunal internacional para resolver la controversia. Sin embargo, sí lo fue. García Belaunde recoge una cita de García Bedoya en el epígrafe de uno de sus escritos sobre su antiguo maestro:»… no actúa quien no arriesga […] ello implica incursionar, conscientemente, en un campo en el cual el margen de incertidumbre es cierto». Dicho epígrafe describe con singular precisión el ambiente dentro del cual se adoptó la decisión de recurrir a la CIJ.
Hoy en día García Belaunde suele recordar un verso de Antonio Cisneros, “qué se ganó o perdió entre estas aguas», cuando explica los alcances del fallo dictado por la CIJ en enero de 2014. Otro verso del mismo poema describe con acierto el ambiente que imperaba el año 2007 cuando el Presidente García y él tomaron la decisión de demandar a Chile ante la Corte de La Haya. «El mar está muy cerca,» dice Cisneros, “pero nunca tendrás la certeza de sus aguas revueltas. La única certeza en ese entonces era que ambos incursionaban, conscientemente, por un camino de aguas revueltas, sin mayor certidumbre en cuanto al resultado final del juicio. No actúa quien no arriesga, recordando las palabras del maestro.
Tras analizar detenidamente los extensos informes del caso elaborados por una docena de reconocidos internacionalistas, el Canciller escogió y reclutó a los abogados extranjeros que defenderían los derechos peruanos, así como a los abogados nacionales que se sumarían al equipo. Después de una prolongada evaluación también seleccionó al jurista francés que integraría la Corte en nombre del Perú. Luego nombró al ex Canciller Allan Wagner como agente encargado de dirigir el equipo jurídico que representaría al Perú en La Haya, con el generoso apoyo de un dedicado grupo de diplomáticos y técnicos peruanos.
De manera paralela, García Belaunde se encargaría de asegurar que se consolidara el consenso nacional en torno a la decisión de recurrir a la Corte de La Haya. Para tal efecto, a lo largo del año mantuvo encuentros periódicos con las comisiones parlamentaria y consultiva y sostuvo una serie de reuniones con líderes políticos, autoridades judiciales y militares, directores de medios de comunicación y periodistas, analistas internacionales, académicos y especialistas, explicando las bases de la posición peruana y los derechos que asistían al Perú.
Hacia fines del año 2007 el Canciller García Belaunde participó en las reuniones celebradas en Lima para elaborar el texto de la demanda que precisó los alcances específicos de los derechos reclamados por el Perú a la Corte. Finalmente, tras un año de incesante labor, el Perú presentó la demanda ante la CIJ en enero de 2008.
De la integración efectiva a la integración profunda
La gestión ministerial de García Belaunde entraña una serie de aparentes paradojas. Una de ellas es que su actuación a cargo de la Cancillería está marcada por encarar una disputa limítrofe, mientras que uno de los principales legados de su gestión fue precisamente revalorar el papel político de la integración fronteriza. La paradoja es aparente porque la solución de disputas de límites suele desencadenar las fuerzas integradoras que caracterizan la dinámica de la vida cotidiana en las zonas de frontera. Uno de los ejemplos más claros de ello es justamente la fortísima integración fronteriza alcanzada entre Perú y Ecuador tras la firma de los Acuerdos de Brasilia de 1998.
Sobre la base del interés común de fomentar el desarrollo social de la zona de integración fronteriza, el Canciller García Belaunde impulsó la relación con Ecuador a niveles de cooperación y concertación política inéditos en la historia entre ambos países. El instrumento propicio para lograr dicha meta fue la celebración, en diferentes ciudades fronterizas, de encuentros periódicos de mandatarios acompañados de sus respectivos equipos ministeriales. La creación de la figura del Gabinete de Ministros Binacional aportó un mecanismo eficaz de diálogo político bilateral del más alto nivel que ha servido como modelo de integración para el resto de la región. Parafraseando al propio García Belaunde, podría decirse que él inventó la integración política fronteriza.
El modelo de integración más ambicioso diseñado por el Canciller García Belaunde combinó precisamente el ámbito vecinal y la proyección estratégica del país hacia el Pacífico. Su propuesta inicial de conformar una asociación de los países latinoamericanos con costas en dicho océano, tras un fino y paciente trabajo de coordinación y preparación técnica, se concretó el año 2011 con el lanzamiento en Lima de la Alianza del Pacífico, constituida por Colombia, Chile, México y Perú. El innovador esquema de integración profunda sobre el cual se funda la Alianza consolida la liberalización del comercio de bienes y servicios e incluye la libertad de tránsito de capitales y personas. El objetivo de proyectarse hacia el resto del mundo como un bloque unido en términos políticos y económicos descansa sobre la base de compartir visiones comunes en cuanto a valores democráticos y desarrollo económico y social. De esta forma se superó el enfoque tradicional que privilegia la vecindad como criterio de integración, optando por el de la comunidad de valores y visiones.
El logro de incorporar a Chile en la creación de la Alianza del Pacífico fue resultado del cuidadoso trabajo llevado a cabo por García Belaunde para evitar que la contienda por la delimitación marítima descarrilase el conjunto de la relación bilateral. La política denominada de “cuerdas separadas” que mantuvo con Chile reflejó su capacidad de diferenciar las concordancias de las discrepancias para persistir cooperando en las áreas de mutuo beneficio, como la complementación económica y la integración fronteriza. Si bien durante los años 2008 y 2009 hubo de encarar una serie de polémicas bilaterales, debido a la reacción inamistosa del Gobierno de Bachelet a la decisión peruana de someter el caso a la CIJ, el cambio de gobierno chileno en marzo de 2010, cuando asumió la Presidencia Sebastián Piñera, permitió reencauzar la relación política bilateral, dejando en manos de los equipos jurídicos de cada país el tema de la controversia marítima. Como resultado de ello, los mandatarios de los dos países intercambiarían visitas oficiales y ambos se encontrarían de nuevo en Lima en abril de 2011, en compañía de los presidentes de Colombia y México, para el lanzamiento de la Alianza del Pacífico.
Los diferentes caminos hacia el resto del mundo
La fuerte identificación de la imagen del Canciller García Belaunde con el juicio en La Haya expresa una paradoja adicional. Su figura ha quedado asociada en términos históricos a un litigio judicial, una instancia de naturaleza contenciosa que constituye, por definición, la antítesis de la negociación. Sin embargo, a lo largo de su gestión ministerial condujo una serie de iniciativas que demandaron intensas negociaciones, en las cuales con frecuencia intervino directamente, fiel a su convicción de que negociar es una de las funciones esenciales de la Diplomacia. La paradoja se acentúa si se toma en consideración que el ámbito eminentemente jurídico de la Corte de La Haya es ajeno a su formación universitaria literaria, ya su especialización profesional en temas económicos e integración.
De hecho, mientras García Belaunde dirigía la preparación de la demanda marítima, también participó en las complejas gestiones emprendidas para lograr la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y, de manera paralela, inició la negociación dirigida a concluir un acuerdo de asociación con la UE, los primeros pasos para concretar su objetivo estratégico de impulsar la inserción ventajosa del Perú a la economía globalizada.
El cambio de mayoría republicana a demócrata en el Congreso de Estados Unidos ocurrido en noviembre de 2006 obligó a replantear la estrategia para lograr la aprobación del acuerdo comercial bilateral. Fue preciso renegociar los términos convenidos en los temas laborales y ambientales. Sin embargo, el reto más complejo fue vencer la reticencia demócrata a suscribir nuevos tratados de libre comercio. La tarea demandó coordinar los esfuerzos de un eficiente grupo multisectorial de representantes peruanos encargado de evitar que prevaleciesen las facciones parlamentarias proteccionistas a la hora de someter el acuerdo a votación. El negociador del tratado, Carlos Alzamora, señala que inesperados vínculos personales del canciller García Belaunde con influyentes líderes parlamentarios de Estados Unidos reforzaron la corriente a favor del Perú y contribuyeron al éxito del cabildeo efectuado en Washington. Finalmente, en noviembre y diciembre de 2007, las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos aprobaron el Tratado de Libre Comercio con el Perú. La verdadera dimensión de dicho logró quedó demostrada por el hecho de que tan solo Perú consiguió que la mayoría demócrata respaldase un acuerdo comercial negociado durante el período legislativo anterior. Los Gobiernos de Colombia, Panamá y Corea no lograron alcanzar ese objetivo.
La conclusión del Acuerdo de Asociación con la UE requirió negociar en diferentes ámbitos y etapas a lo largo de tres años. El acuerdo perseguido incorporaba mecanismos de diálogo político y de cooperación a los temas comerciales para establecer una nueva relación más amplia y dinámica con el bloque europeo. El esquema original, planteado en abril de 2007, consistía en lograr la firma de un acuerdo birregional CAN-UE. Esa propuesta se desarticuló a mediados del año siguiente debido a inconsistencias al interior del bloque andino. La opción de reemprender las negociaciones con la participación exclusiva de Perú, Colombia y Ecuador tuvo un resultado similar, tras la retirada ecuatoriana del proceso. Quedó en evidencia que tan sólo Perú y Colombia estaban en capacidad de cumplir las condiciones que implicaba alcanzar un acuerdo de asociación con Europa.
Irónicamente, justo mientras se descomponía la negociación del bloque andino con la UE le cupo a la Cancillería peruana organizar la celebración, en mayo de 2008, de la Cumbre de América Latina, el Caribe y la UE, la Cumbre ALC-UE, evento que reunió a sesenta mandatarios de dichas regiones. El Canciller García Belaunde aprovechó la ocasión para afianzar sus gestiones con la Comisaria de Comercio europea, Benita Ferrero, y el Canciller Español, Miguel Ángel Moratinos, quienes demostraron ser infatigables para respaldar al Perú durante las diversas etapas de las negociaciones hasta lograr que se firmase el Acuerdo de Asociación con la UE.
Seis meses más tarde, en noviembre de 2008, se celebró en Lima la Cumbre de Líderes del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), con la participación de veintiún jefes de estado y miles de delegados de los sectores público y privado de las principales economías del mundo. La organización de dicha cumbre expresó la decidida apuesta del gobierno peruano de insertarse a la región Asia-Pacífico, el mare nostrum del siglo XXI. Además, proveyó la oportunidad propicia para que el mandatario chino efectuara una visita de Estado al Perú, en reciprocidad a la que el Presidente García había hecho a China en marzo de ese año, así como para que el jefe de gobierno japonés también realizase una visita oficial a nuestro país.
Por último, durante la gestión del Ministro García Belaunde se abrió el camino hacia la integración con el mundo árabe. El primer paso consistió en inaugurar misiones diplomáticas en Arabia Saudita, Qatar y Kuwait y un consulado con oficina comercial en el centro financiero y comercial mundial que constituye el emirato de Dubai. El segundo paso fue asumir el compromiso de celebrar en Lima la cumbre de países sudamericanos y árabes (ASPA) planificada para el año 2011, pero que finalmente se llevó a cabo el año 2012.
Pavimentando el camino hacia La Haya
Bajo la conducción del Canciller García Belaunde se llevó a cabo la etapa más prolongada del litigio seguido ante la Corte de La Haya, la fase de preparación y presentación de los alegatos escritos, etapa que comprendió el período que transcurrió desde enero de 2008 hasta julio de 2011. La fase escrita del proceso demandó meticulosos esfuerzos del equipo encabezado por Allan Wagner para identificar, recopilar, revisar y analizar a profundidad toda documentación relativa al caso, antes de proceder a su discusión y después a la elaboración cuidadosa de los voluminosos alegatos que se presentaron a los jueces. García Belaunde resalta que, gracias al concienzudo trabajo efectuado por el equipo peruano durante el desarrollo del juicio se fueron descubriendo nuevos elementos que fortalecían más los argumentos del Perú, así como debilidades imprevistas de la posición contraria. Además de ello, una gestión clave emprendida directamente por el Canciller García Belaunde resultaría fundamental para reforzar la posición jurídica peruana.
Mientras el equipo dirigido por Wagner llevaba a cabo sus tareas de investigación, análisis y elaboración de los alegatos jurídicos, un tema de naturaleza esencialmente política permanecía presente. El papel que adoptaría el gobierno del Ecuador constituía una preocupación constante a lo largo del desarrollo del litigio. El riesgo principal consistía en que ese país se sumase como parte del juicio, dado el carácter tripartito de los convenios marítimos de 1952 y 1954, respaldando la interpretación chilena de que dicho acuerdos eran de límites y establecían las fronteras marítimas a lo largo de paralelos geográficos. Una serie de declaraciones conjuntas de Chile y Ecuador, impulsadas por el gobierno chileno a partir del año 2000, apuntaban en esa dirección. El gobierno peruano mantenía su posición de que los acuerdos mencionados establecían un criterio delimitador con Ecuador, en función a la presencia de islas en la zona fronteriza, que no correspondía a la situación existente con Chile.
Las señales de alarma se encendieron el año 2010 cuando Ecuador publicó una carta náutica oficial que graficaba el límite marítimo con el Perú siguiendo un paralelo geográfico y haciendo mención expresa a los textos de 1952 y 1954, mapa cuya publicación causó regocijo en Chile. Ante ello, el Canciller García Belaunde planteó al gobierno de Ecuador una serie de medidas para asegurarle que el contexto legal y geográfico fronterizo con ese país no era comparable a la situación en contienda entre Perú y Chile. Si bien dichas opciones iniciales no fructificaron, la confianza desarrollada entre las más altas autoridades del Perú y Ecuador, gracias a la profunda integración bilateral lograda, abrió la posibilidad de encontrar una solución negociada entre ambos países.
El acuerdo de delimitación marítima con Ecuador negociado y suscrito por el Canciller García Belaunde resolvió el último asunto limítrofe pendiente con ese país. Asimismo, constituyó prueba inobjetable de que ningún instrumento jurídico previo había fijado el límite marítimo peruano-ecuatoriano. Esa prueba demostraba que la Declaración de Santiago suscrita en 1952 entre Perú, Ecuador y Chile no constituía un tratado limítrofe, tal como aducía Chile ante la Corte. El equipo de juristas que representó al Perú se encargaría de emplear dicha prueba durante la fase oral del litigio que se llevó a cabo en La Haya en diciembre de 2012, ocasión en la cual García Belaunde asistió a las sesiones ya en calidad de coagente de la delegación nacional.
El tiempo recuperado
Cuando José Antonio García Belaunde dejó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores cumplió un período sin precedentes de media década conduciendo la Cancillería. Además, adquirió la “credencial” de ser el único Canciller Peruano en haber permanecido en ese puesto a lo largo de un gobierno constitucional elegido democráticamente. Es obvia la paradoja de que el diplomático que estuvo más tiempo alejado forzadamente de la Cancillería haya sido, a la vez, el Canciller que ha desempeñado ese cargo durante la mayor cantidad de tiempo de manera ininterrumpida. Nada es casual, dicen algunos. No existen las casualidades, afirman otros. Kundera dice que azar y destino son dos palabras que tienen el mismo significado. Tal vez sea así, tal vez no lo sea. En todo caso, casualmente hay unas palabras de García Belaunde referidas a García Bedoya que haciendo una ligera modificación se aplican mejor al primero que al segundo: Con el tiempo se encuentra la historia, pues como buen proustiano García Belaunde sabía muy bien que el tiempo recuperado no es otra cosa que la historia revelada.
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