La defensa europea afronta una nueva fase industrial y financiera

Mientras la guerra de Ucrania sigue obligando a los gobiernos europeos a revisar la forma en que producen, financian y emplean sus capacidades militares, varias decisiones adoptadas esta semana dibujan una transformación que va más allá del aumento de los presupuestos de defensa. La posibilidad de que Ucrania ensamble misiles de crucero SCALP en su propio territorio, la decisión italiana de recurrir finalmente a los préstamos
europeos para el rearme y el acercamiento militar de la OTAN a Nueva Zelanda responden a escenarios distintos, aunque comparten una misma preocupación: reducir vulnerabilidades en una etapa en la que la seguridad europea depende cada vez más de la capacidad industrial, de la resistencia económica y de alianzas que trascienden el Atlántico Norte.


En el frente más inmediato, Londres ha despejado uno de los principales obstáculos para que Ucrania pueda avanzar hacia la producción local del SCALP, la versión francesa del misil de crucero que Reino Unido opera bajo la denominación Storm Shadow. El Gobierno británico ha autorizado a MBDA a transferir a Kiev información clasificada relativa a componentes de origen británico, un paso necesario para que Francia y Ucrania.
puedan desarrollar líneas de ensamblaje dentro del país. París ya había concedido una licencia de producción, pero la naturaleza franco-británica del sistema hacía imprescindible el visto bueno de Londres para acceder a determinados diseños y conocimientos técnicos.


Aunque el alcance político de la decisión es considerable, convertir esa autorización en una producción sostenida será bastante más complejo. Ucrania dispone de una industria de defensa que ha demostrado una capacidad notable para adaptar diseños, fabricar drones y desarrollar armamento de largo alcance en plena guerra, pero un misil de crucero como el SCALP exige procesos industriales de elevada precisión, componentes especializados y cadenas de suministro difíciles de reproducir rápidamente bajo ataques constantes. Defense News señala precisamente que la falta de equipos de fabricación avanzada a gran escala impedirá que Kiev produzca cantidades significativas en el corto
plazo.


Aun así, el valor de la transferencia tecnológica reside en que modifica la relación entre Ucrania y sus proveedores occidentales. Desde 2022, buena parte de la asistencia militar se ha basado en la entrega de sistemas terminados y municiones procedentes de arsenales aliados; ahora, de forma gradual, el énfasis se desplaza hacia la capacidad ucraniana para fabricar, mantener y adaptar armamento occidental dentro de su propia
estructura industrial. La producción local permitiría reducir parte de la dependencia de entregas sujetas a decisiones políticas, disponibilidad de existencias y capacidad de las plantas europeas, al tiempo que incorporaría a la industria ucraniana a programas tecnológicos que hasta hace pocos años estaban sometidos a fuertes restricciones .


Ese cambio resulta especialmente relevante en el terreno de los ataques de largo alcance, donde Kiev ha buscado durante años ampliar su autonomía. Reino Unido comenzó a entregar Storm Shadow en 2023 y Francia hizo posteriormente lo mismo con el SCALP, mientras Ucrania desarrollaba paralelamente sistemas propios. La autorización británica no significa que las fábricas ucranianas puedan sustituir de inmediato las entregas europeas, pero sí introduce una perspectiva distinta: una parte del arsenal que hoy depende de las decisiones de París y Londres podría convertirse, con tiempo e inversión, en una capacidad integrada en la propia base industrial ucraniana.

Al mismo tiempo, la cuestión de quién paga el refuerzo militar continúa generando tensiones dentro de la Unión Europea, y el caso italiano muestra hasta qué punto el consenso estratégico puede chocar con las restricciones presupuestarias y la política doméstica. Roma ha optado finalmente por solicitar unos 8.000 millones de euros en préstamos del programa SAFE después de haber manejado inicialmente una cifra de hasta 14.900 millones. La rebaja llega tras meses de dudas dentro de la coalición de Giorgia Meloni, donde sectores del Gobierno han cuestionado que Italia incremente su endeudamiento para financiar nuevas adquisiciones militares.


La discusión italiana tiene además un peso especial porque SAFE se ha convertido en una de las principales herramientas financieras de Bruselas para acelerar el rearme europeo. El instrumento moviliza hasta 150.000 millones de euros mediante préstamos respaldados por la Unión y pretende favorecer adquisiciones conjuntas en áreas como munición, misiles, defensa aérea y sistemas de combate terrestre. La Comisión había contemplado para Italia una asignación máxima de 14.900 millones de euros, dentro de un programa que busca fortalecer la capacidad de producción europea y reducir dependencias industriales consideradas estratégicas.


La decisión italiana revela, sin embargo, que disponer de financiación europea barata no elimina el coste político del rearme. Roma lleva tiempo buscando elevar el gasto contabilizado como defensa, pero afronta una deuda pública elevada y un electorado menos dispuesto que el de los países del flanco oriental a aceptar grandes programas militares. Esa tensión se refleja también en algunos de los proyectos previstos para el
Ejército, entre ellos la adquisición de vehículos de combate Lynx y carros Panther dentro de la cooperación entre Leonardo y Rheinmetall, cuyo programa global había sido valorado en unos 23.000 millones de euros y para el que ya se habían planteado reducciones de costes.


Además, el debate italiano apunta a una discusión que irá ganando peso en toda Europa, como es cuánto invertir y en qué capacidades hacerlo. La experiencia ucraniana ha puesto bajo presión modelos de adquisición basados en plataformas extremadamente costosas y ciclos de desarrollo muy largos, después de que drones relativamente baratos hayan demostrado su capacidad para destruir vehículos de varios millones de euros. Meloni utilizó precisamente ese contraste durante la última cumbre de la OTAN para defender una revisión de las prioridades de inversión, en un momento en que los aliados están aumentando el gasto pero siguen discutiendo qué combinación de sistemas tradicionales, municiones, defensa aérea, drones y tecnologías emergentes ofrece mayor rendimiento militar.


En paralelo a esa transformación industrial y financiera, la OTAN está extendiendo el marco geográfico de sus preocupaciones estratégicas. La visita del presidente del Comité Militar de la Alianza, el almirante Giuseppe Cavo Dragone, a Nueva Zelanda entre el 23 y el 25 de agosto puso el foco en la seguridad marítima, la libertad de navegación, la protección de las líneas de comunicación y la cooperación frente a amenazas cibernéticas y tecnologías disruptivas. Sus reuniones con el primer ministro Christopher Luxon y con responsables políticos y militares neozelandeses reflejan una relación que ya no se limita a la cooperación ocasional en operaciones internacionales.


El interés de la Alianza por socios del Indo-Pacífico responde a la creciente dificultad de separar los escenarios europeo y asiático. Las rutas marítimas que conectan ambas regiones son esenciales para las economías aliadas, mientras que tecnologías, componentes electrónicos y cadenas de suministro críticas atraviesan espacios sometidos a una competencia estratégica cada vez mayor. Nueva Zelanda, además de colaborar históricamente con socios occidentales, ha respaldado a Ucrania y mantiene canales de cooperación con la OTAN en materia de interoperabilidad y desarrollo de capacidades.

Durante la visita, Cavo Dragone insistió precisamente en que la estabilidad euroatlántica y la del Indo-Pacífico están cada vez más relacionadas.
De este modo, las decisiones tomadas en Kiev, Roma y Wellington permiten observar tres niveles de un mismo reajuste. Europa necesita producir más armamento y transferir parte de esa capacidad hacia el país que actualmente sostiene la guerra de mayor intensidad del continente; necesita encontrar fórmulas financieras que hagan posible mantener el esfuerzo durante años sin romper los equilibrios fiscales nacionales; y necesita asegurar que su arquitectura militar conserve socios capaces de aportar tecnología, presencia y cooperación en regiones alejadas del teatro europeo.


La dificultad estará en convertir esas iniciativas en capacidades reales, porque las licencias de producción no crean fábricas de inmediato, los préstamos europeos siguen convirtiéndose en deuda nacional y las asociaciones diplomáticas solo adquieren valor militar cuando se traducen en interoperabilidad, planificación conjunta y recursos disponibles. Sin embargo, el rumbo resulta cada vez más reconocible: la defensa europea
está dejando de concebirse como una suma de presupuestos nacionales y compras de emergencia para adquirir una dimensión industrial, financiera y geopolítica mucho más amplia. La guerra de Ucrania aceleró esa transición; ahora los gobiernos europeos
empiezan a comprobar cuánto cuesta sostenerla.

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Campus Internacional para la Seguridad y Defensa