Carlos Manuel Isaac Gallagher Canaval, nació en la ciudad de Lima el 3 de marzo de 1885, la familia Gallagher, radicó en la capital durante la mayor parte del siglo XIX, eran una familia oligárquica típica de la época, mezcla de migrantes recién llegados del continente europeo con las antiguas familias de descendencia española de Lima. Su abuelo había sido John Patrick Gallagher O’Connor, nacido a comienzos del siglo XIX en el seno de una familia irlandesa que migró a Escocia. Como muchos europeos de la época, se trasladó al nuevo mundo, donde rápidamente alcanzó notoriedad y obtuvo tierras en el Perú. Se casó con otra descendiente británica, Isabel Hamilton Gibbs Robertson, cuya familia llegó a controlar en algún momento considerables intereses en el comercio guanero; juntos tuvieron cuatro hijos, el primero de ellos, John Patrick Gallagher Gibbs, padre de Manuel.
El lado materno de su familia era, para estándares peruanos, quizás menos exótico y más tradicional. Su abuelo materno fue José Mansueto Canaval y Zamudio, nacido en una de las familias más prominentes del Perú. Contrajo matrimonio con Josefa Munárriz y Manrique, miembro de otra importante familia limeña. Juntos tuvieron seis hijos, de los cuales, la más joven era Petronila Canaval Munárriz, madre de Manuel.
John Patrick Gallagher y Petronila Canaval tuvieron seis hijos, a pesar de las dificultades políticas y económicas de aquellos años, lograron darles la educación que se esperaba de una familia de su posición. A los seis años, el joven Gallagher fue inscrito en el recién inaugurado colegio los Sagrados Corazones, también conocido como La Recoleta. Dirigido por sacerdotes franceses, el colegio simbolizaba la admiración que las clases altas limeñas tenían por todo aquello de origen francés. Gallagher formó parte de la primera promoción de 1901, conoció y formó amistades duraderas con aquellos hijos de familias que también compartían el estatus social de los Gallagher. Los hermanos García Calderón, Francisco y Ventura, también pertenecían a aquella promoción. Al igual que hoy en día, los principales lazos de amistad para las clases altas limeñas se formaban en los colegios, no en las universidades o durante el ejercicio de sus profesiones.
En 1903, ingresó a la Universidad de San Marcos a estudiar Derecho. Los ámbitos político, económico y cultural del Perú habían cambiado dramáticamente desde el año de su nacimiento. Estos eran los años de la república aristocrática, durante los cuales una estabilidad política y un crecimiento económico sin precedentes tuvieron lugar. E1 país era gobernado por una oligarquía que consistía de un puñado de familias de ascendencia europea, que decidían el destino de millones de peruanos, los mismos que en su mayor parte estaban excluidos del proceso político. El Club Nacional, donde los principales representantes de este grupo se reunían, era el lugar donde se formulaban las decisiones políticas y económicas de la nación; más adelante, Gallagher sería presidente de dicho club en dos ocasiones.
Manuel Gallagher terminó oficialmente su carrera en San Marcos en 1911, año en el cual defiende su tesis doctoral restitución por entero. Este trabajo, como deja entender el título, lidiaba con la naturaleza del derecho legal de la restitución. Para él, este derecho, de acuerdo a su aplicación en la ley peruana, era negativo. Argumentaba que a pesar de que “la restitución completa busca favorecer al más débil, en efecto, le hace más daño”, ya que la mayoría de las personas serían más cautelosas a la hora de establecer contratos con ellos. La tesis de Gallagher lo convirtió en uno de los principales exponentes del derecho peruano en este período. Después de graduarse, este prestigio le valió un puesto en la conocida notaría de los hermanos Luis Felipe y Manuel Vicente Villarán.
Pero durante sus años en San Marcos, Gallagher no se limitó al Derecho; también estuvo abierto a diversas ideologías que despertaron su interés en la política. Al principio, estas curiosidades fueron satisfechas al aproximarse a las principales corrientes intelectuales de aquel entonces, las cuales estaban influenciadas por las ideas europeas, y en particular francesas, de aquel tiempo y que se reflejaban en el currículo de la universidad. El pensamiento positivista parecía estar presente en todos los cursos y Gallagher, como la mayoría de la oligarquía, rápidamente se identificó con esta tendencia. Francisco García Calderón, su antiguo compañero de colegio, llegó a ser uno de los principales exponentes de esta filosofía en el Perú, la cual, entre varios otros postulados, insistía en la necesidad de que una élite guiara a la nación hacia la prosperidad. Gallagher, al igual que sus pares, era visto como parte de esa élite privilegiada.
Eventualmente, se alejaría del positivismo clásico, al igual que otros miembros de la oligarquía al considerarlo incompatible con las realidades políticas de aquel entonces. Estos hombres serían posteriormente conocidos como la “Generación del 900″. El líder de este grupo y quien más influiría a Gallagher políticamente fue José de la Riva Agüero. El futuro Canciller pasaba gran parte de su tiempo en la casa de Riva Agüero, donde se le podía encontrar rodeado de otros miembros de la citada generación. Luis E. Valcárcel, miembro importante del grupo, aunque a diferencia de la mayoría, miembro de la corriente indigenista, recuerda más de una ocasión en que se celebraron cenas en las que Gallagher estuvo presente. Era afectuosamente conocido como el “bromista” del grupo, pero también respetado por su inteligencia.
A través de este grupo intelectual, Gallagher participó activamente en la vida política nacional después de su graduación. Fue uno de los fundadores del Partido Democrático Nacional (PDN) en el año 1915, el cual era liderado por el mismo Riva Agüero. El PDN reflejaba las inquietudes y malestares que la “Generación del 900” tenía sobre el futuro político del país y, en particular, en cuanto al rol jugado por el Partido Civil, el dominante de la época. El PDN postulaba una visión propia, y bastante peculiar, del liberalismo. Dicha organización, argumentaba Riva Agüero, era el único verdadero partido liberal pues no exigía el gobierno de la clases medias, sino más bien un gobierno que mantuviera un lugar de liderazgo de hombres de clases superiores.
Sin embargo, el PDN nunca jugó un papel importante en la vida política peruana, en gran parte debido a que sus miembros deciden autoexcluirse del proceso electoral. Para ellos, el país aún no estaba preparado para su visión del Perú: las masas tendrían que ser educadas para apreciarlos. Esto les valió el rótulo de “futuristas’, acuñado en tono de burla por el editor del diario La Prensa, Augusto Durand. Los miembros del PDN, sin embargo, rápidamente adoptaron dicho apodo con considerable orgullo, tomando en cuenta los rótulos “arielistas” y “futuristas”, el historiador americano Frederick Pike ha sido quien mejor ha descrito la naturaleza compleja del partido, la cual representaba una paradoja: “…si bien en la política ignoraban el presente debido a una infatuación con el futuro, en su búsqueda intelectual tendrían a ignorar el presente debido a una obsesión con el pasado”.
Su actividad política no sólo se vio limitada por la propia dinámica del PDN, sino también porque en 1919 comenzó el “oncenio” de Augusto Leguía, período durante el cual se suspendió el régimen democrático y se castigó toda oposición política. Esto recién cambió en 1930, con el colapso de la “Patria Nueva”. Antes de que el país cayera en una virtual guerra civil entre apristas y sanchecerristas, muchos de los antiguos futuristas formaron un nuevo partido político, conocido como la Acción Republicana, del cual Gallagher fue miembro. El partido, sin embargo, rápidamente sufrió divisiones internas y, en el caos político existente, su posición moderada lo hizo redundante. Sin embargo, Gallagher asumió su primer puesto público cuando Riva Agüero fue elegido Alcalde de Lima y lo nombró como uno de los regidores de la ciudad. Tras el breve período democrático de 1930-1933, el Perú regresa a la Dictadura con el Gobierno de Oscar R. Benavides. Cabe resaltar que durante toda década de los treinta, Gallagher cooperaría con los diversos gobiernos, redactando proyectos de ley que crearon varías entidades como el Banco Agrícola, la Cámara Algodonera y el establecimiento del Departamento de Recaudación de la Caja de Depósitos y Consignaciones. También alcanzó su puesto público de más alta importancia al ser nombrado Director del Banco Central de Reserva.
Apoyado por la oligarquía, el General Benavides gobernó hasta 1939, año en el cual se inicia la Segunda Guerra Mundial. Perú apoyaría a los aliados y se acercaría aún más a los Estados Unidos, pero este desarrollo pudo haber sido diferente. Durante el Gobierno de Benavides, las relaciones entre ambos países fueron accidentadas; la actitud hacia los Estados Unidos por parte de Benavides fue poco entusiasta, ya que el general se mostraba preocupado por la creciente intervención norteamericana en asuntos internos peruanos y también la dependencia que la economía peruana había desarrollado en la última década, la cual mostró su lado negativo con la crisis de 1929. Para Benavides, los intereses del Perú y los americanos no siempre eran compatibles, y esto se vio reflejado en la actitud ambivalente del gobierno peruano hacia los regímenes fascistas europeos.
Manuel Gallagher jugó un papel esencial durante todo este proceso, y estuvo activo incluso antes de ser invitado a formar parte del gabinete Prado en 1943. Atendió una serie de conferencias en 1942, en las cuales la posición del Perú hacia las potencias del Eje, y por ende su posición hacia los Estados Unidos, fue establecida. Viajó con el Ministro de Relaciones Exteriores, Alfredo Solf y Muro, a la Tercera Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, que tuvo lugar en Río de Janeiro a comienzos de ese año y donde se propuso que todas las repúblicas americanas rompieran sus relaciones con las potencias del Eje en un acto de solidaridad con los Estados Unidos. Todas las naciones endosaron la moción, habiendo sido la única excepción la Argentina.
Pocos meses después, Gallagher, quien para ese entonces trabajaba en el Ministerio de Hacienda, fue nombrado como representante peruano en la Conferencia Interamericana sobre Sistemas de Control Económico y Financiero en Washington. El propósito de la conferencia era discutir las acciones necesarias para lidiar con los activos de las naciones enemigas, una situación altamente irregular tomando en consideración que el Perú aún no se encontraba oficialmente en estado de guerra con las potencias del eje. Dichos activos incluían bancos y finanzas, actividades agrícolas e industriales, etc. Poco después, el Perú expropiaría los activos económicos alemanes, italianos y japoneses con particular entusiasmo. Incluso se embarcaría en una controversial política de deportar a ciudadanos de estos países a campos de concentración en los Estados Unidos.
Los esfuerzos de Gallagher en el Ministerio de Hacienda fueron bien vistos por el Presidente Prado, quien lo nombró Ministro de Justicia y Trabajo, una posición que lo alejó temporalmente del ámbito internacional. Esta situación duró poco, sin embargo, pues en diciembre de 1944 fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores. La coyuntura no podía ser más crítica, y demostraba la confianza que Prado tenía en las habilidades de Gallagher: La guerra en Europa estaba llegando a su inevitable final y la derrota de la Alemania nazi parecía inminente. Después de que se asentara el polvo, se tendría que construir un nuevo orden mundial y el Perú tendría que encontrar su lugar en este orden.
La prioridad del Perú era tomar las medidas necesarias para unirse a las Naciones Unidas, el nuevo organismo internacional que reemplazaría a la moribunda Sociedad de Naciones. Su intermediario en Washington era el embajador peruano en los Estados Unidos, Pedro Beltrán. A través de él, los estadounidenses habían extendido al Perú una invitación para unirse al nuevo organismo, pero al mismo tiempo le informaron sutilmente a Beltrán para que dicha invitación fuese aceptada sería “conveniente” que el Perú le declarase formalmente la guerra a Alemania y Japón (Italia ya se encontraba bajo el control de los aliados). Esto era necesario para impedir cualquier objeción soviética al respecto, ya que los rusos consideraban que las “Naciones Asociadas” (dentro de las cuales se encontraba el Perú) que no habían participado activamente en el conflicto no deberían tener el privilegio de adherirse a las Naciones Unidas.
El Departamento de Estado y Gallagher trabajaron juntos para asegurar que el Perú no fuese excluido del nuevo organismo internacional. Para los norteamericanos, las “Naciones Asociadas” habían jugado un papel esencial en el conflicto: Acaso el Perú no había permitido la construcción de bases militares, coordinado con la armada norteamericana, ¿expropiado los activos del eje y vendido toda la materia prima que requería el enorme ejército estadounidense?, pero a pesar de esto, una declaración formal de guerra aún era necesaria.
A comienzos del mes de febrero, Gallagher y sus asistentes comenzaron a escribir la declaratoria que establecería la posición peruana frente a las potencias del Eje. Gallagher quería asegurarse de que esta cumpliera con los requisitos exigidos por la Declaración de la Naciones Unidas. El documento tendría que ser presentado al Departamento de Estado por Eduardo Garland, el Chargé d’affaires (Beltrán se encontraba en una de sus regulares visitas a Lima). De acuerdo a este documento, cuando la guerra empezó, el Presidente Prado, de manera independiente y sin ninguna obligación pre establecida, había declarado qué ante la presencia de un espíritu de conquista en nombre de los privilegios de raza y sistemas gubernamentales, el Perú se había adherido a la causa de los Estados Unidos, país que luchaba para mantener la integridad de la democracia en el mundo. Aunque no había sido directamente atacado por las potencias del eje, el Perú actuó en solidaridad con otras repúblicas americanas, es decir, esencialmente con los Estados Unidos.
La delegación peruana que viajó a la Conferencia de San Francisco fue lideraba por el mismo Gallagher. Incluyó a otros peruanos notables, algunos diplomáticos de carrera, otros no, tales como Víctor Andrés Belaunde y Luis Fernán Cisneros, entre otros. Durante la Conferencia, el Perú naturalmente apoyó a los Estados Unidos en sus disputas con la Unión Soviética. En ciertas ocasiones, el Perú y el resto de las repúblicas americanas no tuvieron objeciones ante las demandas rusas, como en el caso del reconocimiento de Ucrania y la “Rusia Blanca” (actual Bielorrusia) como estados soberanos e independientes (sabiendo perfectamente que bajo el control soviético no lo eran), pero otros puntos culminaron en tensos debates y turbulentas negociaciones. Dos controversiales demandas soviéticas fueron que el Gobierno comunista polaco basado en Varsovia fuese reconocido y que la Argentina, debido a su posición ambivalente durante los años de la guerra, fuese excluida de la Naciones Unidas. Los latinoamericanos se negaron a reconocer al Gobierno polaco a menos que las objeciones rusas a la participación argentina fuesen abandonadas. Molotov, el Canciller de Stalin, empezó a perder la paciencia debido a la posición de los países latinoamericanos, al punto que “el ruso tartamudeó, se hinchó y estalló”. Cuando los rusos insistieron, recuerda Víctor Andrés Belaunde, tanto Gallagher como el representante ecuatoriano “les dieron una tunda». El Jefe de la Delegación Norteamericana, Edward Stettinius quien sin lugar a dudas promovió la posición latinoamericana, veía estos eventos con enorme satisfacción.
Por otro lado, Gallagher peleó intensamente por el derecho de las “pequeñas naciones». El nuevo organismo no debería estar controlado por las grandes potencias, argumentaba el canciller peruano, sino realmente reflejar los intereses de todos sus miembros. Aunque era una pelea imposible de ganar, Gallagher expresó su oposición al derecho al veto que los “cinco grandes” (Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido, Francia y China) podrían ejercer en el Consejo de Seguridad, pues iba en contra de esta lógica. Gallagher presintió correctamente que dicho poder podía potencialmente “paralizar» la labor del organismo. Sin embargo, Gallagher no deseaba que su oposición fuese interpretada como un gesto hostil hacia las grandes potencias. Una anécdota hacia fines de la Conferencia es muy ilustrativa de cómo el Canciller trató de criticar y elogiar a los “cinco grandes» simultáneamente: En el Edificio de los Veteranos de San Francisco, el representante cubano propuso un voto de gracias a Edward Stettinius, moción que fue secundada por Gallagher. Pero al hacerlo, este también expresó su admiración por la manera como los “cinco grandes” habían manejado la conferencia. Un silencio incómodo se apoderó del cuarto, puesto que este estaba lleno de personas que, al ser también defensores de los derechos de las «pequeñas naciones”, no estaban del todo contentos con los resultados de la conferencia. Segundos después, Gallagher propuso otro voto de gracias, pero esta vez a Herbert Evatt, el representante australiano que había peleado contra el derecho al veto con particular tenacidad. Todos se pusieron de pie, incluso Lord Halifax, el representante británico. El australiano, claramente emocionado, chistó: “Me gustaría decir muchas cosas en este momento. Pero temo que alguien ejerza su poder de veto sobre mí». Incluso el embajador ruso Gromkyo estalló en risas.
Para los peruanos, los resultados de la conferencia fueron ambiguos. El discurso de Gallagher al comienzo, más allá de “…rendir homenaje a la bravura británica y al esfuerzo norteamericano, soviético y chino”, también expresaba que “fracasada la Liga de las Naciones, se buscaba en San Francisco un camino más seguro de la paz, a través de un organismo jurídico, que dentro de un ambiente universal de cultura y moral hiciera imposible las guerras». Sin duda sincero, Gallagher expresaba las esperanzas que los peruanos tenían en aquel momento. Pero la posición peruana era realmente una de “optimismo cauto temperado por pragmatismo”. En otras palabras, los peruanos no estaban dispuestos a tener una fe sin límites en el nuevo organismo, especialmente en cuanto a temas regionales. Durante la Conferencia, el Perú abogó por la creación de agencias internacionales, pero sin mayores resultados. Debido a esto, dos años después el Perú participaría en la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y Seguridad en Río de Janeiro, en 1947 (en la cual Gallagher estuvo presente a pesar de no ser canciller en aquel momento) y la Conferencia Interamericana de Bogotá, en 1948. En estos dos foros, el Perú se unió a otras naciones latinoamericanas guiadas por los Estadas Unidos para crear instituciones con la esperanza de mantener la paz en la región, intentando construir así sobre las bases de la Conferencia de Chapultepec, en 1945, la cual inicia el proceso. El resultado fue que “…el gobierno peruano, junto con sus vecinos hemisféricos, prefirió la Organización de Estados Americanos sobre las Naciones Unidas como un foro para la discusión de cuestiones relacionadas con la paz y seguridad regional».
Gallagher dejó su puesto como Ministro de Relaciones Exteriores en 1945, año en el cual se dieron las elecciones para elegir al sucesor de Manuel Prado. En buena medida debido al entusiasmo democrático que acompañó la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, sale victorioso el Frente Democrático Nacional liderado por José Luis Bustamante y Rivero. El FDN, buscando una auténtica reforma democrática, fue integrado por varios partidos políticos, incluyendo el Partido Aprista (bajo el nombre de Partido del Pueblo), el cual se reintegra al sistema político tras más de una década proscrito. Pero el gobierno de Bustamante se va a caracterizar por su inestabilidad política a causa de los constantes conflictos entre el presidente y sus aliados apristas. El Gobierno llegó a su fin en 1948 por un golpe de Estado, tras una fallida revuelta del APRA el 3 de octubre (aunque los planes para derrocar a Bustamante existían desde antes, la oligarquía conspirando con el Ejército al estar en desacuerdo con sus políticas económicas). El golpe fue liderado por el general Manuel A. Odría y respaldado por los sectores más reaccionarios de la oligarquía.
Entre los años 1948 y 1950, Odría fue el Presidente de facto del Perú, el Congreso estaba suspendido y el gabinete compuesto por representantes de las Fuerzas Armadas con nula o limitada experiencia política. Odría convocó a elecciones en 1950, en las cuales participó como candidato único, tratando de darle al régimen una fachada constitucional. Se volvió por lo tanto aceptable para civiles formar parte de su gabinete y Manuel Gallagher fue llamado a ser una vez más Ministro de Relaciones Exteriores.
En 1950 el contexto internacional había evolucionado. Dos años antes había ocurrido el bloqueo de Berlín, simbolizando el comienzo de la guerra fría. El Perú se había vuelto más hostil hacia la URSS y había adoptado una posición ferozmente anticomunista: Tras el golpe de Odría se declara ilegal al Partido Comunista y se persigue a sus miembros. En el plano internacional, cualquier posibilidad de establecer relaciones diplomáticas con la URSS fue dejada de lado. Pero a pesar de que Gallagher compartía la posición anticomunista del régimen, el Canciller no siempre estuvo en contra de establecer relaciones diplomáticas con la URSS. Aunque en 1951 insistiría en que en 1945 el Perú se negó a entablar relaciones diplomáticas con el gobierno de credo marxista y que los hechos actuales acreditan si mi país estuvo o no equivocado, la correspondencia diplomática demuestra lo contrario. En 1945, el sucesor de Gallagher, Javier Correa, instruyó a la Embajada del Perú en Washington contactar al embajador ruso para iniciar conversaciones sobre el posible establecimiento de relaciones. Los intereses del Perú exigían tener buenas relaciones con todas las grandes potencias. Correa culminó el cablegrama diciendo “que había sido la iniciativa del Ministro Gallagher en San Francisco». El Departamento de Estado serviría como intermediario entre ambos países. En el contexto de la guerra fría, Gallagher no estaba siendo del todo sincero.
La creciente amenaza por parte del bloque soviético también logró que Gallagher dejara de lado cualquier tendencia democrática que hubiese tenido. Esto se vio reflejado en el apoyo que le otorgó al Gobierno español de Francisco Franco, aunque las razones fueron mucho más complejas pues Gallagher siempre fue un fiel hispanista. Durante la Conferencia de San Francisco, Gallagher apoyó fielmente a España cuando varios cuestionaban al Gobierno dictatorial del caudillo. Posteriormente, en 1951, al ser condecorado con la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, el canciller explicó su posición de 1945 durante la ceremonia: “yo defendí en realidad a la raza hispánica, y creí mi obligación defender también a la Madre Patria. Yo creo que la causa de España es también la causa del Perú. Si debemos defendernos del comunismo, los más seguro es buscar como aliados a los que ya sabemos son contrarios a él, porque lo ha combatido y lo han vencido”. En cuanto a la gestión de Franco, consideraba que era un ejemplo “… sobre todo para las Naciones de América, que le debemos a España el fundamento de nuestros sistemas políticos, nuestro idioma y sobre todo nuestra religión. Los peruanos bendecimos nuestro pasado» La ceremonia, la cual formaba parte de las Fiestas de Hispanidad, culminó con el mismo Gallagher imponiéndole a Francisco Franco el Gran Collar de la Hispanidad.
Sin embargo, para el Gobierno de Odría, más preocupante que el comunismo era la amenaza aprista. Tras el fallido putsch aprista de 1948, Odría lleva a cabo una extensa campaña de persecución contra sus principales líderes, quienes fueron encarcelados o exiliados. Pero Haya de la Torre elude la captura, viviendo varios meses en la clandestinidad. Cuando los esfuerzos para apresarlo se intensifican, el líder aprista busca refugio en la Embajada de Colombia, asumiendo que Odría respetaría el derecho a asilo y le concedería un salvoconducto, evitando así una crisis diplomática.
Ciertamente, Haya de la Torre subestimó la terquedad del General, y también el malestar que las acciones del APRA habían causado entre la oligarquía y las Fuerzas Armadas: Ambas no habían olvidado los eventos de 1948, menos aún los eventos de 1932. Ellos asesoraban ahora a Odría, y el General se negó a otorgar el salvoconducto a Haya. El espectáculo que se dio a continuación fue visto con vergüenza por la comunidad internacional, muchos peruanos e incluso algunos miembros del mismo gobierno. Tropas del ejército rodearon la Embajada de Colombia y establecieron un sistema de trincheras para asegurar que no intentara escapar. El Gobierno le dio a Haya de la Torre demasiado crédito como amenaza política.
El líder aprista, argumentó el Gobierno, no era víctima de una persecución política, sino simplemente un criminal común, y por lo tanto el derecho de asilo no podía serle extendido. El gobierno colombiano argumentó correctamente que esa era una decisión que a ellos les correspondía tomar, no así al gobierno del cual el refugiado intentaba escapar. Cuando quedó claro que las negociaciones directas entre ambos países no llegarían a un resultado satisfactorio, se intentó el arbitraje internacional ante la Haya. El juicio aún estaba en curso cuando Manuel Gallagher asumió la Cancillería en el año 1950.
La Corte Internacional de Justicia, inexplicablemente, fracasó en su tarea. Dos fallos contradictorios fueron emitidos. En el primero, el 20 de noviembre de 1950, la Corte estableció que el gobierno peruano no estaba obligado a concederle el salvoconducto a Haya de la Torre, Poco después, Gallagher formuló el pedido para la entrega oficial del refugiado, informándole al gobierno colombiano que “…ha llegado el momento de cumplir la sentencia expedida por la Corte Internacional de Justicia, poniendo término al amparo indebido que presta esa embajada a Víctor Raúl Haya de la Torre». El gobierno colombiano se rehúsa a entregar al asilado, hecho que Gallagher consideró “insólito”. Los colombianos, argumentaba Gallagher, usaban “…pretextos ridículos para disimular rebeldía contra la sentencia». Asimismo, consideraba que cualquier miedo sobre la seguridad del asilado era “absurdo”. Los colombianos apelaron la decisión de la Corte y, en un segundo fallo, esta estimó que el gobierno colombiano no estaba obligado a entregar a Haya de la Torre.
A medida que pasaba el tiempo, ambos gobiernos se percataron de la futilidad de la situación y se buscó llegar a un acuerdo. El primer paso fue tomado por el canciller colombiano, quien en junio de 1951 contactó a Gallagher para plantearle la posibilidad de nombrar a dos delegados de cada país para ponerle fin al asilo. Gallagher respondió que tratándose de “…países amigos como el Perú y Colombia, que mantienen normales relaciones diplomáticas, no se justifica el nombramiento de delegados especiales que traten la cuestión». El rechazo de Gallagher en efecto buscó normalizar la relación entre ambos países, pues sugiere que no debían apartarse “del curso de una amistosa y normal negociación” y que por lo tanto deben efectuarla por intermedio de las misiones diplomáticas establecidas. El resultado fue un intenso cambio de notas que culminó con un comunicado de prensa en el cual ambos gobiernos anuncian que “…han convenido tratar la cuestión empleando los cauces normales de las representaciones establecidas en Bogotá y Lima”. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Gallagher, la situación duró otros tres años más. Recién en 1954 los gobiernos del Perú y Colombia llegarían a un acuerdo: Los colombianos entregarían a Haya de la Torre a las autoridades peruanas, quienes a cambio lo exiliarían poco después de recibirlo. Esta solución evitó una mayor humillación para el régimen de Odría. El principal resultado de estos cinco años fue que Haya de la Torre recibió una exposición mediática que no hubiese tenido en el exilio.
Gallagher jamás vería la resolución de esta crisis diplomática, aunque él estableció las bases para la misma. En julio de 1952 abandonaría el Ministerio, y fallecería menos de un año después, el 6 de mayo de 1953, a los sesenta y ocho años. Su carrera fue destacada por todos los periódicos limeños, pero también por el mundo, en especial España, donde era recordado como el “grande y constante amigo de España».
Gallagher estuvo presente en momentos críticos de la diplomacia peruana. Su intervención en el caso del asilo de Haya de la Torre permitió una solución al impasse diplomático. Sin embargo, su acercamiento a regímenes como el de Franco en los últimos años demostró que el canciller quizás no era tan amigo de la democracia como dijo serlo durante la firma del Acta de San Francisco. Más allá de estas posiciones, sin embargo, Gallagher guio al Perú en un momento de la historia en el cual el mundo cambiaba violentamente.
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