Cancilleres del Perú

Raúl Porras Barnechea

Introducción

EL Canciller Raúl Porras Barrenechea nace el 23 de marzo en Pisco, donde sus padres pasaban aquel verano de 1897 a solo catorce años del aciago término de la Guerra con Chile. Desde su tierna infancia su vida estuvo signada por la tragedia, cuando su padre, Guillermo Porras, resultó muerto en un duelo provocado por un incidente baladí en el parque de Barranco; y su niñez no tuvo otro consuelo que el amor de su madre viuda, Juana Barrenechea. Vivió también desde entonces, por la ausencia del padre proveedor del sustento familiar, en la escasez y la penuria de una pobreza llevada con dignidad y decoro en la casona miraflorina de la calle Colina.

 

Hizo sus primeros estudios en escuelitas locales, pero luego ingresó, con sacrificio, al Colegio de la Recoleta de los padres franceses, donde despertaron sus primeras vocaciones e hizo sus primeros amigos, entre ellos futuros intelectuales tan destacados como Luis Alberto Sánchez y Jorge Guillermo Leguía. Tan pronto terminó el colegio buscó y encontró empleo como amanuense supernumerario de la Corte Suprema, logrando al año la propiedad del cargo. Pero su destino no era la Magistratura ni tampoco el foro se recibiría de abogado en 1922, porque el Derecho sólo le interesaría en la medida que tuviera que ver con los problemas internacionales del Perú.

 

Su estrechez económica que lo acompañaría siempre lo obligó simultáneamente a dedicarse a la enseñanza secundaria en colegios como el alemán, el Anglo Peruano, el Antonio Raimondi, la misma Recoleta y otros como profesor de Historia del Perú, que sería en su vida una de sus grandes pasiones.

 

Inicia su carrera universitaria en San Marcos, donde funda un travieso periodiquito titulado Alma Latina, que se vuelve el terror de los profesores adocenados; y luego, el Conversatorio Universitario, que funciona en su casa y reúne a compañeros de estudios tan disímiles como Víctor Raúl Haya de la Torre, José Quesada, Jorge Basadre, Jorge Guillermo Leguía, Carlos Moreyra y Paz Soldán, Luis Alberto Sánchez, Guillermo Luna Cartland, Manuel Abastos entre otros.

 

En 1919, ingresa a la Cancillería, con veintidós años, cuando era ya un joven dotado de un notable caudal de conocimientos y un sólido prestigio intelectual bien ganado en San Marcos. Es nombrado Auxiliar del Archivo de Límites, al que dedicará veinte años de trabajos, y a cuya jefatura accederá luego de desempeñarse como bibliotecario e iniciarse en su segunda gran pasión, la investigación histórica, a la que consagrará toda su vida, completando así su trío vital de vertientes como maestro, historiador y diplomático.

 

Actúa como Asesor y Consejero de Torre Tagle en los temas más delicados y, en especial, los de la problemática limítrofe, que domina tan magistralmente. En 1934 integra la delegación a la Conferencia Peruano-Colombiana de Río de Janeiro, la que, superando definitivamente el incidente de Leticia, ratifica -en el Protocolo de Río de Janeiro- el Tratado Salomón Lozano de 1929 en prueba de respeto a la integridad de los tratados que es principio fundamental de la política exterior del Perú. Víctor Andrés Belaunde dice ya entonces que la preparación de Porras en el tema “lo habilitó para servir con brillo y eficiencia en la Conferencia«.

 

Es nombrado entonces consejero de nuestra legación en España, adonde viaja en 1935; y entre 1936 y 1938 asiste como delegado a las sesiones de la Sociedad de las Naciones en Ginebra con el rango de Ministro Plenipotenciario. Pasa a la disponibilidad en 1938, y luego de una estadía en París vuelve a España a continuar sus investigaciones históricas en los archivos de ese país. Regresa al Perú en 1941, y en 1942 es reincorporado al Servicio como Ministro Plenipotenciario, para luego ser ascendido al grado de Embajador en 1942 como Asesor en Relaciones Culturales. Permanece en este cargo hasta 1948, aunque sigue participando con su consejo, asesoramiento y respaldo en todos los asuntos concernientes a la política internacional del Perú y, particularmente, en las delicadas gestiones diplomáticas incluso asistiendo personalmente al Presidente Manuel Prado, que culminarán en el Protocolo de Río de Janeiro de 1942.

 

En reconocimiento a esos altos méritos e invalorables contribuciones, el Presidente Bustamante y Rivero, hombre de sólida cultura, lo nombra en 1948 Embajador en España, conociendo su vinculación con las altas esferas intelectuales españolas, que le tienen aprecio, respeto y admiración y conocen sus magistrales obras sobre los cronistas de la conquista, el inca Garcilaso de la Vega y Francisco Pizarro, entre tantos otros.

 

Cuando al poco tiempo el Presidente Bustamante es derrocado por el General Odría, el prestigio de Porras es tal que tiene que ser ratificado, pero desde ese momento se emponzoñan más en Lima las intrigas de quienes lo envidian desde siempre por su brillo, talento, independencia e incorruptibilidad. De pronto, un inesperado episodio va a poner fin a esa brillante misión. Un incidente banal en Valencia entre el Gobernador de la Provincia y el Cónsul Honorario del Perú se agrava peligrosamente cuando el iracundo funcionario ultraja el escudo peruano que ostenta el Consulado y, por sus vínculos políticos partidarios con las autoridades españolas, estas se niegan a dar las satisfacciones que con energía y firmeza exige el Embajador Porras, quien solicita también la sanción del Gobernador culpable. Pero el Gobierno del General Odría, que no concibe tocar ni con el pétalo de una flor al generalísimo Franco, no respalda a su Embajador en su altiva defensa del honor nacional y Porras renuncia.

 

En un gesto inédito en la historia de la diplomacia peruana, los funcionarios diplomáticos que integran la embajada renuncian también en solidaridad con su Jefe y su defensa de la dignidad nacional, jugándose sus carreras y su futuro. Ellos son porque hay que honrarlo Guillermo Lohmann Villena, Augusto Dammert León -ya desaparecidos-, Félix Álvarez Brun y el Ministro Manuel Mujica Gallo, talentoso y leal amigo nombrado a propuesta de Porras. La única embajada de este gran diplomático peruano ha durado sólo poco más de un año, y lo mismo sucederá con la de Carlos García Bedoya, su discípulo dilecto.

 

Porras, dolido, vuelve al Perú a reanudar sus cátedras en San Marcos y la Católica donde sus brillantes clases terminan en ovaciones, así como su actividad literaria y de investigación, que produce una nueva pléyade de obras, artículos y discursos de gran valor que figuran con precisión y detalle junto con las previas en el “Homenaje, Antología y Bibliografía de Raúl Porras Barrenechea», editados como separata del Mercurio Peruano en 1961, un año después de su muerte.

 

El Presidente Prado, quien sigue muy de cerca la política exterior, hace entonces la jugada maestra de trasladar al doctor Cisneros Sánchez al Ministerio de Justicia y Culto y nombra Canciller a Belaunde, quien en igualdad de condiciones se impone en la elección. Pero Prado quiere tener en su reemplazo un canciller de su talla y escoge a Raúl Porras, pese a la posición de virtual oposición en que lo ha colocado su creciente desacuerdo con la política económica del premier y Ministro de Hacienda, Pedro Beltrán. En consecuencia, su reacción inmediata es negativa y Prado encomienda entonces a Víctor Raúl Haya de la Torre amigo de Porras desde sus días universitarios la tarea de convencerlo de que acepte la cancillería, para apoyar al régimen democrático que ha reemplazado a la dictadura de Odría, y Haya lo consigue.

 

Raúl Porras Barrenechea a la Cancillería, su alma mater, a la que ha llegado peldaño a peldaño por su propio y fúlgido esfuerzo. Pero acaba de tener un nuevo infarto y sus médicos, preocupados por el avance de su enfermedad cardiaca, desaconsejan el traslado a la ceremonia en Palacio. En consecuencia, un día de comienzos de junio de 1959 las puertas de la casa miraflorina de Porras se abrieron para dar paso al Presidente de la República, Manuel Prado Ugarteche, que en gesto de deferencia sin precedentes acudía con sus ministros a tomar juramento a Raúl Porras ahora como Ministro de Relaciones Exteriores en el flamante gabinete del Vicepresidente de la República, Luis Gallo Porras. Porras quedó muy reconocido por el gesto del mandatario, normalmente tan apegado al protocolo, y nunca lo olvidaría.

 

Desde los primeros momentos de su desempeño como Canciller del Perú, Porras hace despliegue de su propósito de defender con ahínco y firmeza los intereses nacionales de toda índole. En su primera participación en la Asamblea General de Naciones Unidas de 1958 reconviene severamente al poderoso Secretario de Estado de Estados Unidos Foster Dulles, hombre de toda confianza del Presidente Eisenhower y hermano del Director de la CIA Allen Dulles, por las cuotas restrictivas que ese país ha impuesto unilateralmente a las exportaciones peruanas de plomo y zinc, y que Porras califica abiertamente de “agresión económica».

 

Tal es el impacto del insólito incidente, del que dan cuenta los más importantes medios como el diario The New York Times y la revista Time, que en su conferencia de prensa, el Secretario Dulles se ve precisado a declarar que “…el Ministro del Perú no escatimó palabras al expresarnos lo que él pensaba de nuestras cuotas. Conversamos muy francamente dentro de una atmósfera de real camaradería, lo que no es usual, y lo que creo nos ha abierto los ojos».

 

Aunque Porras tiene por delante una tarea inmediata y prioritaria porque el presidente Velasco Ibarra, del Ecuador, alegando una supuesta interposición del río Cenepa en el divortium aquarum de los ríos Zamora y Santiago, referencia importante de la demarcación oriental, ha declarado inejecutable el Protocolo de Río de Janeiro y para el Perú es impostergable afianzar formalmente la improcedencia de esa pretensión.

 

Pero Porras, moribundo, acosado y víctima de una crisis política que su clarividencia y su altiva independencia han desatado, ha renunciado a la cancillería el 12 de setiembre de ese año, y sólo quince días más tarde, el 27 de setiembre, exhalará su último suspiro en una noche de soledad en su casona miraflorina y no verá su triunfo estelar e histórico.

 

Sin embargo, su gestión ministerial se ha dirigido también a consolidar y perfeccionar la Cancillería y el Servicio. Reorganiza y relanza la Academia Diplomática, que venía funcionando intermitentemente, se expide su reglamento, se establece el currículo de estudios y se inicia el dictado de las clases en forma regular, en el proceso de asegurar la profesionalización de la carrera. Crea la Dirección de Relaciones Cultuales a igual nivel de importancia que las demás y se reparte a todos las embajadas y consulados en el mundo el Boletín Cultural Peruano.

 

Una de sus realizaciones más notables es la obra de preservación del palacio de Torre Tagle, al que, con la cooperación técnica y financiera españolas, se le incorpora una potente estructura metálica de sustento y soporte. Como algunas partes del edificio deben ser reforzadas o reconstruidas y en el proceso pierden sus azulejos, Porras se maravilla cuando, en el momento de reponerlos, descubre que la misma casa que en el siglo XVIII hizo en España los originales los sigue fabricando exactos, y vuelven a ornamentar el viejo y bello palacio.

 

Pero el Canciller Porras tiene aún por delante el capítulo más dramático de su existencia, que lo inscribirá definitivamente en la historia, precisamente cuando su vida está a punto de extinguirse. Porque en 1960, el Gobierno republicano del presidente Eisenhower y su vicepresidente Nixon ha decido deshacerse del régimen revolucionario de Fidel Castro, al que viene jaqueando con acciones de acoso y sabotaje que, sin embargo, no dan el resultado esperado. Deciden entonces recurrir al remedio del aislamiento internacional, lo que exige como primer paso expulsar a Cuba de la OEA para poder operar su derrocamiento sin las ataduras y cortapisas que, al menos en la letra, imponen los pactos continentales de la OEA a una acción de ese tipo.

 

Se comienza el proceso con una gestión ante el gobierno peruano del Presidente Manuel Prado pidiéndole que solicite al Consejo de la OEA la convocatoria de una urgente Reunión de Consulta de Cancilleres Americanos para contemplar “la situación en el Caribe”, eufemismo con el que se alude inequívocamente a Cuba pero también a la República Dominicana del dictador Rafael Leónidas Trujillo, quien ha llegado al extremo de atentar contra la vida del presidente venezolano Rómulo Betancourt causándole graves quemaduras.

 

Porras no puede desoír la instrucción que para pedir la convocatoria de la reunión de consulta le imparte el Presidente Prado, pero lo hará conforme a sus íntimas convicciones, redactando una solicitud imparcial que no acusa a nadie y utiliza un lenguaje tan amplio que cubre implícitamente todas las opciones -incluso la conciliación- cuando precisa que los objetivos de la reunión que solicita son “considerar las exigencias de la solidaridad continental” -o sea, a su juicio, la preservación integral de la unidad americana y “la defensa del sistema regional”, es decir, la oposición la injerencia intra o extra continental «y la de los principios democráticos que puedan afectarlos”, los de no intervención y la autodeterminación.

 

El Consejo de la OEA al convocar la Reunión para el 22 de agosto en San José de Costa Rica, reacomoda ladinamente el lenguaje de la convocatoria y lo orienta hacia posiciones de reprobación y condena de Cuba, aunque sin nombrarla, como sugería tácitamente la nota peruana, mientras elimina la mención de los principios democráticos citados por Porras, que por lo visto incomodaban.

 

La situación se precipita cuando, ante el creciente acoso norteamericano de Cuba, el 9 de julio de 1960 el primer ministro soviético, Nikita Krushev, anuncia dramáticamente que si Cuba es atacada sus artilleros misileros la defenderán. Krushev es consciente de los riesgos de esa declaración, pero por exigencias de su propia subsistencia en el poder no puede permanecer indiferente ante el previsible aplastamiento de una revolución que se reclama socialista. Y Castro, que, aun advirtiendo también la peligrosidad de esa declaración no puede darse el lujo de descartar la contingencia de una ayuda tan poderosa, responde con una escueta alusión elogiosa a la amistad cubano-soviética, que naturalmente es exhibida como prueba de su contubernio con la URSS.

 

Para desvirtuar esta acusación, el Canciller cubano pide dos días más tarde al Presidente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que convoque una reunión urgente del Consejo que se celebra nueve días más tarde, a fin de considerar la situación planteada a su país por los reiterados actos de agresión del Gobierno de Estados Unidos, que enumera. El gobierno americano se mueve rápidamente para bloquear la iniciativa cubana, y con el inesperado apoyo de la Argentina de Arturo Frondizi, presionado por sus militares, niega al Consejo de Seguridad jurisdicción para considerar un asunto que califica de exclusivamente regional, sobre el que la OEA tiene la prioridad absoluta. La tesis resulta victoriosa el 19 de julio cuando el Consejo suspende el examen de la cuestión hasta recibir un informe de la OEA, aunque expresando su preocupación por la situación existente entre Cuba y Estados Unidos.

 

Era consciente Porras de que la suya no era la posición de Prado ni la de Beltrán, firmemente comprometidos con Estados Unidos, pero confiaba en que una demostración inteligente de la irracionalidad contraproducente de lo que se intentaba hacer y una apelación emocional a la solidaridad latinoamericana para corregir el rumbo, podrían inclinar la balanza a favor de su tesis de promover la reconciliación entre Estados Unidos y Cuba y así preservar la unidad frente a la URSS. Pero tampoco la oculta y, al salir de un Consejo de Ministros, declara a la prensa que el Perú va a San José a conciliar y no a acusar, a unir y no a separar.

 

Al llegar a San José, Porras se entrevista con varios de sus colegas latinoamericanos, muchos de los cuales comparten su inquietud, y tiene una conversación con el Canciller cubano, Raúl Roa, a quien interesa particularmente sondear para confirmar o descartar sus temores sobre la intervención soviética, sin confiarle en absoluto su posición ni sus propósitos. Aunque la conversación es delicada y difícil, la facilita el sinceramiento político de Roa y su carácter abierto y espontáneo, que divierte a Porras, como cuando le dice que “…tiene la dicha de haber llegado a la edad que tiene y al cargo que ocupa con el corazón sin canas, la mente sin arrugas y el carácter sin papada».

 

Y se da comienzo a la Séptima Reunión de Cancilleres Americanos. Así como la Sexta, que acaba de condenar al gobierno dominicano de Trujillo por su injerencia en Venezuela, que como hemos visto casi le cuesta la vida al Presidente Betancourt, se ha caracterizado por la unanimidad de su posición y sus resoluciones, en este caso de Cuba las posiciones están muy divididas y es marcada la resistencia de los latinoamericanos a expulsarla. El Secretario de Estado Herter informará luego al Presidente Eisenhower que al comenzar la sesión Estados Unidos se encontraba muy aislado.

 

Por ser el país solicitante de la reunión, le toca hablar en primer lugar al Perú, pero al iniciarse la sesión, el Canciller Venezolano, Ignacio Arcaya, que comparte cerradamente la posición de Porras, anuncia que el canciller peruano está indispuesto y propone suspender la sesión hasta la tarde, lo que agudiza la tensión. Porras había preparado a solas su discurso en su cuarto de hotel, dictándoselo a uno de sus colaboradores, lo que trastornaba a un prominente miembro de la delegación, que hacía desesperados esfuerzos por tener acceso a texto y poderlo influir. Pero Porras fue inflexible.

Informado de esto el Premier Beltrán, e incluso el Ministro de Guerra, General Cuadra Rabines, lo llaman repetidamente por teléfono para recordarle que la posición del Perú debía ser de condena a Cuba. Porras no era tan ingenuo como para no advertir que su posición no iba a recibir su respaldo político, pero se sentía obligado por un compromiso de honor con el Perú, con América y consigo mismo a sostener la tesis de la concordia y a defender hasta el final sus posibilidades de aceptación.

 

En ese afán de impulsar el entendimiento y la conciliación, Porras recuerda que por boca del Secretario de Estado, Charles Evans Hughes, Estados Unidos ha reconocido en América Latina “…el derecho a la revolución y que cada nación puede gobernarse así misma según la forma que quiera y cambiarla a su arbitrio si cuenta con ello con la voluntad popular”; mientras que Cuba ha asegurado en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que está dispuesta a convivir en paz e incrementar sus relaciones diplomáticas y económicas, sobre bases de igualdad y respeto mutuo, con Estados Unidos.

 

Termina Porras su histórico discurso expresando su confianza en que la revolución cubana, que persigue una honda transformación económica, la mejoría de los niveles de vida y una justa distribución de la riqueza, no se desvíe de su camino original y su destino americano, y que con Estados Unidos, que ha declarado su voluntad de servir a la paz y el bienestar de los pueblos americanos, hallen una fórmula de entendimiento y conciliación, para convertir los corazones de los rebeldes a la prudencia de los justos, para bien de América y de la humanidad.

 

Mientras Porras hablaba no se oía en el inmenso auditorio atestado de gente un solo murmullo. Los delegados y el público seguían extasiados, en absoluto silencio, el brillo, la altura, la racionalidad y la elegancia de la exposición peruana. Al finalizar Porras su intervención, los delegados se ponen de pie y lo ovacionan fervorosamente durante varios minutos. El Canciller Roa cruza la sala y lo abraza mientras exclama: “iAl Perú generoso!». Los cancilleres latinoamericanos se acercan a felicitarlo por su extraordinaria elocución.

 

Pero si Porras tiene alguna ilusión de poder cambiar con su discurso la marcha de los acontecimientos, ella se desvanece a las primeras palabras del canciller colombiano, Julio César Turbay, presidente de la reunión y coordinador encargado de la conjura contra Cuba, quien pronuncia un discurso maquiavélico que lleva al molino norteamericano toda el agua que puede y que llega hasta la ingenuidad, o el cinismo, cuando proclama solemnemente que: “Ninguna nación de este hemisferio, para proteger su independencia y soberanía, necesita de la ayuda política o militar de una potencia extra continental”, cuando el inminente ataque de Bahía de Cochinos solo será derrotado porque Cuba cuenta ya entonces con las armas soviéticas llegadas de justeza, mientras que la OEA no dirá una palabra ni levantará un solo dedo ante el ataque armado.

 

El Canciller Roa declara entonces que, aunque Cuba está acusada de ser peón de la Unión Soviética por la no solicitada oferta del Premier Krushev, ante la inminencia de un ataque armado “Cuba no tiene porqué rechazar la ayuda de nadie, porque está absolutamente desamparada y tiene el deber elemental de sobrevivir”. Por su parte, el Secretario de Estado, Christian Herter, declara enfáticamente que “Estados Unidos nunca ha tenido intenciones ni las tiene ahora de lanzar un ataque militar contra Cuba», pese a que el de Bahía de Cochinos está ya a solo ocho meses, lo que no obsta para que ofrezca formalmente a Fidel Castro la seguridad de que su país no tiene intenciones agresivas.

La reunión sigue su curso y produce finalmente la Declaración de San José, que, aunque sin nombrar a Cuba, condena enérgicamente “la intervención o amenaza de intervención de una potencia extra continental en los asuntos de un Estado americano», lo que obliga a la OEA a “desaprobarla y rechazarla con igual energía».

 

Porras se niega a firmar una declaración tan opuesta a sus principios y faculta al embajador en la OEA, Juan Bautista de Lavalle, a hacerlo, mientras que el Canciller Arcaya que comparte la misma fiera independencia e integridad que Porras también se niega y renuncia. Por su parte, el Canciller Tello, de México, que sí la firma, declara oblicuamente que “la delegación de México está convencida de que se trata de una resolución de carácter general, para todos los Estados miembros de la Organización, y de que en ninguna forma constituye una condenación o una amenaza en contra de Cuba”. Pero la presión de los embajadores norteamericanos en las capitales latinoamericanas acaba con las dudas y todos la firman calladamente. No obstante, la prédica de Porras ha hecho su efecto: Cuba no será mencionada y le tomará a Estados Unidos dos años más expulsarla de la OEA.

 

Porras no renuncia entonces porque un importante Senador oficialista lo ha llamado para comunicarle que el Presidente Prado desea seguir contando con sus valiosos servicios. Es una primera maniobra para evitar su renuncia inmediata y así atenuar el escándalo político que ha estallado en Lima, avivado por los feroces ataques que los diarios y los sectores de derecha lanzan despiadadamente contra Porras. Su discurso sigue sin publicarse en el Perú; y para enfriar la crisis política, se lanza entonces la falsa versión de que Porras no ha firmado por razones de salud. Porras, que no quiere que se desvirtúe su gesto de dignidad e independencia, se lanza entonces al centro de San José en el mismo momento en que la reunión aprueba la declaración para que todo el mundo lo vea y así desmentir la versión falaz.

 

Pero recibe el primer desaire oficial cuando, al llegar de vuelta a Lima, no hay representante del gobierno para darle la bienvenida. Las pocas docenas de fieles que lo esperábamos en Limatambo no pudimos reprimir un estremecimiento cuando al abrirse la portezuela del avión apareció Porras con la muerte retratada en el rostro. En las dos semanas de San José, la enfermedad ha hecho progresos impresionantes y lo obliga a recluirse en su casona, posado como Palma en un viejo sillón con una manta sobre las piernas y sacudido por una implacable tos cardíaca, aunque al día siguiente de su llegada ha acudido a Palacio y puesto el cargo a disposición. Prado, que lo aprecia y respeta, le pide que demore su retiro de la Cancillería y que continúe en funciones. Más la solución a la crisis política apremia y dos semanas más tarde Prado lo convoca a Palacio y tras una hora de conversación, que ha quedado en el misterio, Porras declara a la prensa que han hablado de su renuncia, presentada días antes, y al día siguiente se publica el texto de la misma, en la que sustenta y justifica indeclinablemente su posición en San José. No se publicará la aceptación de la renuncia ni se nombrará a su sucesor, el Ministro de Trabajo, embajador Luis Alvarado Garrido, hasta semanas después, en gesto de desacostumbrada deferencia que refleja los encontrados sentimientos que han debido atenazar a su viejo amigo, el Presidente Prado, en tan penosa coyuntura.

 

Porras quiso que su último acto como Ministro de Relaciones Exteriores fuera tomar el juramento a los integrantes de la primera promoción egresada de la Academia Diplomática, a la que había dedicado tantos de sus cuidados y sus afectos. Ante el Canciller, que sabían moribundo, los nuevos diplomáticos, al borde de las lágrimas, escucharon su última invocación cuando les recordó que por encima de los cargos y las prebendas está la dignidad del Perú y el personal de cada uno de ellos, que, en un gesto de desafiante homenaje, habían dado a su promoción el nombre de Raúl Porras Barrenechea.

 

La muerte le llega solo dos semanas más tarde en una noche de soledad, sin más compañía que la de su leal chofer y mayordomo, Julio Acosta. Ante su cadáver, la ciudad se estremeció, el país sobrecogido advirtió de pronto lo que había perdido y el torrente de pasiones que se había desatado contra él se volvió de pronto remanso reverente, y desde entonces todo fue recogimiento y desconsuelo.

 

Quince años más tarde, y en el mismo San José que había escuchado su visionaria advertencia, los países americanos decidieron dejar sin efecto la marginación de Cuba, acordada en Punta del Este en 1962 y dejar en libertad a los Estados miembros para restablecer sus relaciones con Cuba. Hoy, sesenta años después, solo Estados Unidos se resiste, pese a mantenerlas con todos sus enemigos históricos: Rusia, China, Vietnam, etc.

 

Carlos García Bedoya dirá a la partida de su maestro que: “Ahora que la muerte de Porras ha decretado la diáspora de sus discípulos y amigos, bueno será reencontrar en sus libros y memorias el agua viva de la Patria y de sus hombres mejores”; mientras que otro valiosísimo colega, Enrique González Dittoni, proclama la convicción unánime de que: “Con Raúl Porras en la inmortalidad, ha perdido el Perú a uno de los peruanos más grandes de todas las épocas y a una de las mayores figuras del siglo XX».

 

Por su parte, Luis Alberto Sánchez escribió lo siguiente:

 

Con la mano aún trémula de haber llamado por última vez a su puerta, y la voz sorda de duelo, escribo estos comentarios para llamar la atención del transeúnte futuro de la Patria sobre esta figura menuda, traviesa, cordial y tajante, que llenó un día el escenario político e intelectual de nuestra tierra, y que lo ha de seguir encendiendo en la medida que se vaya descorriendo el velo que todavía oculta desconocidos logros, ignorados aciertos y una lección de dignidad y clarividencia.

 

Medio siglo después de esa lección final de dignidad y clarividencia, el ejemplo de Raúl Porras sigue inspirando a sucesivas generaciones peruanas, desde su morada, que él había anticipado también para Riva Agüero:

 

…en la región olímpica de verde esmalte, a donde no llegan la envidian ni el odio, lejos de toda escoria humana, donde su espíritu resplandece bajo la mirada de Dios

y dialoga ya con las sombras de la Patria.

 

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